Volver a estar amarrada a tu recuerdo, a tu piel, a tu sabor y a tus besos. De repente, me dejo, me tumbo desnuda y empiezo a prepararme para que me amarres de nuevo.
Tuya, siempre, preparada para aguantar tu peso encima de mí: viciosa, mirándote perra y ansiosa. Respirando entrecortadamente... Pesas. Me gustas fuerte, tierno. Hoy será... sólo si tú deseas.

Amarrada, nuevamente, excitada... Tus manos rozando mi cuerpo: Uno, Dos, Tres... ¡Yaaaa..! Sigue, sigue, ¡Ummm..!
Un Dueño, una esclava, cadenas, amarres, sexo, deseo...
Castigo.
Foto: Cortesía & © by Barry G. Oliver
¿Reflejan la personalidad? ¿El poder? ¿El estatus social? ¿El sexo?
Sin duda, todo esto y mucho más. A través del calzado y de la forma de caminar de una mujer se pueden adivinar muchos aspectos de su personalidad, por ejemplo, su nivel económico, si es liberal, conservadora, femenina, clásica, excéntrica, segura de sí misma, elegante, seductora...
Objeto de culto de las mujeres e indiscutible fetiche para muchos hombres –trataré este tema en primera persona en un post–, el zapato es un accesorio importantísimo porque es la culminación de lo que se lleva puesto, además de ser un elemento estético en sí mismo.
Una de las muchas facetas que he heredado de mi madre es su exquisito gusto por el calzado, en el que, al igual que en los bolsos, no escatimo en gastos, pudiendo ambos llegar a alcanzar cantidades prohibitivas.
Y es que... me encanta mimarme y mimar mis pies.
Desde que me independicé económicamente se han convertido en un puro objeto de deseo.
Zapatos y sandalias de diseño con tacones imposibles que me hacen soñar y, lejos de martirizar, me causan un inmenso placer. Encaramada a ellos me siento poderosa y femenina, al unificar la elegancia, el glamour, la sofisticación y la calidad.
"La seducción, viste de tacón..."
Mi sello personal es el estilo de mis zapatos. Tanto hombres como mujeres siempre me recuerdan por mi calzado y la forma que tengo de caminar. Tan sólo escuchando el sonido de mis tacones –muy característico, o eso dicen–, asocian rápidamente que estoy cerca. A Carlos, mi enganche sexual, le vuelve loco sentarse junto a la ventana cuando quedamos en su casa para poder deleitarse con el cla, cla, cla mientras me contoneo sonriendo hacia él.
Despacio... con los zapatos que tanto le excitan.
Y, por supuesto, como buena amante de los
zapatos, disfruto mucho haciendo el amor con la lencería adecuada y unos buenos
tacones.
Pero ése ya es otro tema...
Foto: Cortesía & © by Guido Argentini
(Superposición de fantasías o Batman no entiende el francés)
Quedamos en que estaba a punto de empezar con el “juego de manos rompedero de cola” con Gerardo, el bombón de mi vecino mayorcito, cuando apareció el inoportuno. ¡Grrrr!
–Bueno Gerardo hoy es un día un poquito complicado –le dije, tratando de salir del paso y pensando en cuántas formas de matar sin que me descubrieran tenía a mano para aniquilar a Batman–. ¿Te doy un turno para otro día?
–Como quiera, doctora –me dijo mientras me cerraba uno de sus ojitos con un guiño cómplice.
–¿Para el sábado a las doce y media?
–¿El sábado? –preguntó Batman, incrédulo, como si le hubieran informado que le había dado reactivo el análisis de HIV.
–Sí, el sábado. ¿Por qué? ¿Algún problema? –le contesté. (¡Qué metiche!)
–No, no, pero... ¿Desde cuando atendés los sábados?
–Desde este preciso momento –lo corté en seco. ¡Ufa! ¡Qué pesado! Y encima, hablando delante del paciente.
–Bueno, está bien... –dijo y se perdió detrás de una pared.
–Bueno Gerardo nos vemos –le dije, acompañándolo hasta la puerta, donde le di un beso de despedida justo en la comisura de los labios. Apenas un adelanto de lo que tenía ganas de hacerle al señor mayor.
Cuando volví a entrar, Batman estaba con su cara de nene que ha roto el jarrón del living y espera que la madre lo corra a chancletazos.
–Angelito no vas a pensar que estoy celoso, ¿eh?
–¡Noooooo! ¿Cómo se te ocurre que a mí se me pueda pasar algo tan ridículo por la cabeza?
Se quedó mirándome cómo perro apaleado. Cuando me miraba así no sabía si matarlo o comérmelo a besos.
–No, no estoy celoso –enfatizó, por las dudas.
–Mejor por vos –le contesté, tratando de disimular–. A ver, mostrame la interconsulta esa de la que hablabas...
–Es de La Enana, que te mandó un paciente para magnetoterapia.
–¿Y? –le pregunté.
–Y, ¿qué hago?
–No me digas que me in–te–rrum–pis–te para hacer una pregunta tan... tan... –¡Ay, Dios! ¡Qué ganas de matarlo tenía!
–Perdón, es que el turno es para vos –dijo, haciendo un puchero.
–Bueno, ¿y entonces?
–Nada, es que yo no manejo tu agenda.
–Bueno mirá: sacá el registro y empezá a manejarla... –a esta altura me estaba exasperando, en especial porque Gerardo me había dejado calentita y cuando quedo calentita mal, no me aguanto ni yo.
–Calmate, bebé... te lo anoto para el sábado a las trece y treinta... –dijo.
–¿El sábado?
–Sí. ¿No acabás de decirme que desde hoy, también trabajás también los sábados?
–Mjm...
(¿Lo mato o lo dejo?)
–¿Entonces?
Recién en ese momento comprendí que El Negro estaba más que celoso que un árabe que tiene que compartir el harén, y me la estaba haciendo de cuadritos.
–Es verdad. Pero no te dije que es para los pacientes VIP.
–¿Pacientes qué?
–Especiales, mmmmi viddddda –le dije, agarrándolo de los cachetes y tironeándoselos un poquito–. Los sábados lo dejo para temas especiales...
–Bueno, bueno, como digas.
–Ahora portate bien, que me voy a dar una duchita de agua fría –le dije, dándole unas palmaditas en la cara, y pensando que la necesitaba, porque de lo contrario me iba a transformar en un bonzo ahí mismo.
–¿Ahora?
–Sí, ahora. ¿Por qué? ¿Hay algún día y horario especial para una ducha? –le dije, a punto de saltarle encima y dale bofetones. Me estaba sulfurando.
–No. Bebé. Andá, que yo te cubro en el consultorio –me contestó, con esa manía que tenía de llamarme "Bebé".
Cuando en negro intuía que estaba excitada, trataba de complacerme en todo. Claro que después era él es quien se llevaba la mejor parte. Pero ése es un tema para otro momento.
Así que me fui al baño, me saqué el ambo y la ropa interior, gradué la ducha y me metí debajo, para ver si me hacía descender algunos grados la temperatura corporal.

Empecé a enjabonarme y a darme un poquito de sosiego con los deditos. No mucho, sólo para quitarme la neurastenia de encima. En eso estaba, cuando El Negro, más rápido que una anguila, se deslizó sin hacer ruido y, cuando me descuidé, lo tenía enjabonándome la espalda.
–Bebé.. Papi te quiere bañar –si algo hacía, el muy cretino, era alimentarme el complejo de Edipo–. ¿Me dejás?
–Mmmm –le contesté sin darme vuelta, haciéndome la Gata Flora, pero no mucho, porque en ese momento tenía el "Sí" fácil–. Pero ¿y el consultorio?
–Giré el cartelito para el lado de “Enseguida vuelvo” –me contestó, con una sonrisa de alumno frente a la maestra, después de haber hecho bien los deberes.
–Siempre tan dispuesto vos, corazón... –dije, sintiendo que sus manos empezaban a bajar por mi espalda bastante para el lado del Sur.
–Me gusta ver cómo cae la espuma por tus pechos –dijo El Negro.
–¡Qué bueno!
–Me gusta bajar a jugar... con el agua... –agregó.
–¿Y sabés qué me gusta a mí?
–No, Bebé, decime.
–Me gusta cuando te callás un poquito y jugás con los deditos... –le dije mientras empezaba a guiarlo en un tour de placer con mi mano.
–¡Qué traviesa!
–¡Shhhh!
¡Y se bajó nomás! Ahí estaba, a mis pies, todo empapado –yo más que él, pero no sólo con agua–, abriéndome los muslos mientras me recorría con su lengua cada vez más profunda.
Me asaltaron mil y una imágenes, y se me escapó un suspiro mezclado con el murmullo de “Gerard... Gerard”
–Si, Bebé. Sigo... –dijo El Negro, abandonando su tarea por un instante–. ¿Verdad que te gusta?
Creo que nunca entendió que “Gerard” no era un suspiro, ni un jadeo y menos todavía un reclamo, de tan entretenido que estaba.
¿Por qué me habrá salido en francés el nombre de mi vecino?, digo yo.
No lo sé. O sí lo sé. Me estaba haciendo el rulo de lo lindo ahí, debajo de la ducha.
Claro que dudo que El Negro se haya dado cuenta –ocupado como estaba entre mis piernas–, que se me habían superpuesto las fantasías.
Foto: Cortesía & © by Forrest Gump
Negro sobre blanco. El más apropiado.
El negro tiene la propiedad –como lo hace con los colores–, de dar contrastes.
También tiene la virtud de realzar las formas, dar volumen y profundidad, iluminar los alrededores, o hacer que todo el conjunto se pierda en sombras.
Blanco sobre negro. El más parecido.
El blanco delimita todas las formas y levanta todos los colores, los esparce, se deja colmar por ellos.
Como esa aureola rosa que asoma, apenas vislumbrada, por uno de los bordes negros, sobre el fondo blanco.

Negro sobre blanco. Blanco sobre negro.
Luces y sombras.
Luces que siempre van de adentro hacia fuera y no al revés, porque las luces y las sombras, los blancos y los negros, están en nuestro interior.
Sombras que dan sentido a los colores, que en realidad están inmersos en una interminable sucesión de grises y sólo creemos que los vemos.
Como una alegoría de la vida, que cobra sentido merced a las diversidades y las oposiciones.
Como el contraste de la tela con tu piel, cuando usas el soutien negro.
Foto: “Shadows” Cortesía & © by Abraham 75
Queridas amantes (por supuesto, los amantes, que haberlos –menos, pero los hay–, están incluidos en esta misiva):
Una de las cosas que no podremos nunca controlar respecto a nuestro/a casado/a infiel es aquello que él está dispuesto a entregar en la relación. Da igual lo cazurra que te pongas, la cantidad de exigencias que le sueltes al minuto, o las pataletas que te den: el casado elige, y tú, o aceptas, o aceptas, no existe otra opción.
Pero lo que siempre puedes controlar es lo que tú le vas a dar a él.
¿Quieres darle tu amor eterno y tu entrega incondicional? ¿Quieres serle fiel, quedarte en casa esperando a que él te llame, amarle por encima de todas las cosas? Tú sabrás.
Pero no esperes que todo ese dechado de bondad, amor y entrega se vea recompensado.

Nunca te vendrá de vuelta.
Él
seguirá follándose a tu mujer (o a su marido) mientras tú haces calceta, planeará con ella las vacaciones mientras tú te quedas en casa por si puede escaparse algún día, irá con ella al cine, a pasear con los niños, a comer con los amigos y a cenar con los vecinos. Y tú seguirás en casa mirando compulsivamente a tu PC (o trabajando) con la esperanza de que se conecte a Messenger a las dos de la mañana y te diga palabras bonitas.
No sólo actuarás como una idiota, sino que te convertirás en una o uno.
Dale a tu casado/a lo que él/ella te da, nada más.
No te creas eso de que “si pudiera estaría contigo, mi amor, pero no puedo, sé que lo entiendes” y te vayas con esa fracesita construyendo una relación única y exclusiva.
Envíale a la mierda cada vez que te diga que le matarías de dolor si se enterase de que te acuestas con otros. No esperes en casa, no abras el Messenger a menos que no tengas nada mejor que hacer, no le tengas en la agenda del móvil guardado como “amorcito” o “cariño”, relégale a tu última opción, a tu primera opción de amar y a tu última opción de tener.
Vive tu vida, sé feliz, aprecia cada espacio, cada situación nueva, sigue buscando esa relación que deseabas tener antes de que él apareciera en tu vida, vístete guapa y sexy, acuéstate con quien quieras siempre que tengas la oportunidad, da tu teléfono a todos aquellos que te lo piden, abre puertas, deja que las oportunidades entren, enamórate si así lo sientes.
Pero, recuerda, no des nada más allá de lo que él/ella te da. ¿Amor y pasión cuando está a tu lado? Reserva siempre ese trocito de amor y pasión para dárselo cuando él te lo esté dando. ¿Citas prohibidas y mágicas en hoteles clandestinos? Resérvate ese espacio en tu agenda. ¿Una cena con su mejor y más apasionada sonrisa? No olvides llevar a esa cena tu mejor y más apasionada sonrisa también.
Sé lista, sé cauta, sé más hábil que él/ella: prótegete siempre del dolor de la fantasía y la ilusión rota, de la esperanza perdida, de la espera sin respuesta. Es un hombre/mujer casado/a, que te adora, que te desea, que te ama probablemente de manera irracional y alocada… pero está casado/a y él/ella no va a darte nada más.
Así que conviértele en tu amante. Y mantén siempre la única relación que te durará toda la vida, esa que nunca te ha de fallar: la que tienes contigo misma/o.
Foto: Cortesía & © by Arda Sarýgün
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