Metrosexual:
El Nuevo Paradigma... ¿de hombre?
Primera Parte
"El típico metrosexual es un joven con dinero para gastar, que vive en las metrópolis, donde están las mejores tiendas, clubs, gyms y las mejores peluquerías. Puede ser oficialmente gay, hetero o bisexual, pero esto no tendría tanta importancia porque se toma a sí mismo como su propio objeto de amor y placer. Son profesionales independientes, modelan, trabajan en los medios y las productoras o en la música pop y, ahora, también en los deportes, pero aman los productos de vanidad masculina…”
—
Mark Simpson, "Meet the metrosexual", Salon.com, July 22, 2002
Una definición simplista de
Metrosexual se me antoja: Parecidos a los machosposmo, pero con mucha plata y/o capacidad adquisitiva.
Inventada en Inglaterra por Mark Simpson en 1994 –¿tanto tiempo llevan existiendo?–,
define al hombre del siglo XXI. Este nuevo varón –si se lo puede llamar así–, se la pasa saliendo del
tocador o de los salones de belleza y del placard, closet, armario o vestidor, lo que sea que tenga a mano.
Adinerado, petulante, fatuo, estrepitoso, algo afeminado, egoísta, ególatra, materialista, acaparador, utilitario, vanidoso, presuntuoso, envanecido, pedante, vacío, presumido, fachendoso, soberbio, altanero, inmodesto, engreído, ostentoso, fantoche, aparatoso, rimbombante, teatral, pomposo, fastuoso, bufón, mequetrefe, marioneta, llamativo, recargado, complicado, recargado, lujoso, exagerado, hueco, jactancioso, altisonante, pretencioso, extravagante, excéntrico, provocador, estridente y chillón.
A-do-ra vestirse con ropa llamativa, precisamente porque
quiere exhibirse como en una pasarela. Se pinta las uñas, usa cremas faciales, corporales, hidratantes, nutritivas y estimulantes. Se tiñe el pelo, se hace masajear, hace gym y aparatos, pero con mucho cuidado para no dañarse lo que considera que es lo más importante que tiene: su propio cuerpo.
Porque el
metrosexual –así, con minúsculas–, es un narcisista exacerbado. Se gusta a sí mismo y se adora como si fuera el único ser viviente en todo el universo. Egocéntrico por definición, le importa mucho hacerle saber a todos los demás que se gusta y se ama en serio.
Quizás este engendro que
Mark Simpson cree haber definido existe hace ya tiempo, sólo que antes no se mostraba tan abiertamente. Recuerdo que haber conocido hombres que no se avergonzaban de teñirse el pelo, pintarse las uñas o
usar cremas y potingues para mantener la piel y afeites para embellecerla. Recuerdo haber conocido a un prestigioso abogado y al presidente de una gran corporación de medios de comunicación que solían hacerlo –el ejecutivo que yo sepa, sigue haciéndolo–, ya en los primeros años de la globalización. Pero claro, eran opulentos y todopoderosos que del mismo modo que se creían inmortales, se liberaban de esa pesada imagen de hombre, de macho, que ha singularizado a los varones por milenios. Los metrosexuales, como esos dos mequetrefes, se sentían totalmente contactados con su parte femenina y no tenían miedo de exteriorizarla.
Mentiras.
En el caso de esos dos tilingos, no era más que pura afectación, mostrarse diferente desde el pedestal en el que se sentían ubicados.
Are you a Metrosexual?
La pregunta, ya está instalada. Que es lo mismo, para los tiempos que corren, que instalar la idea en la mass media que si uno no puede parecerse a estos figurines cuya máxima obsesión es sentirse bellos y mostrarse fachosos, no es nadie ni nada.
No existís (tal como asegura una muletilla muy en boga entre los jóvenes de este primer decenio del tercer milenio).
David Beckham, futbolista inglés que se pinta las uñas, se tiñe el cabello y posa para revistas gay, desvela a las histeriquitas femeninas de nuestro tiempo, dejando en claro su masculinidad afeminada. Su esposa, Victoria, asegura que
no cree que la haya engañado...
con mujeres (la bastardilla es nuestra).
Quizás Beckham sea uno de esos hombres a quienes
les gustan las mujeres, pero adoptan parte de la manera de ser y de la estética gay, precisamente porque hay otros hombres –también mujeres, que se de por enterado–, que cuestionan su sexualidad y, quizás como una provocación, lo transforman en un juego que les gusta jugar. La opinión es que adoptar elementos de la cultura gay, es para el metrosex también un recurso para, fuera del anonimato como están, marcar una clara diferencia con lo que ellos denominan “los hombres grises”.
Se consideran a ellos mismos el modelo, el nuevo paradigma de hombre del milenio, y cada vez son más los que tratan de emularlos, de ser como ellos.
Tiemblo de solo pensar qué pasará cuando haya seres humanos de género masculino que empiecen a sentirse mal por no poder dar respuesta a esa pregunta que los medios de comunicación ya están instalando a nivel mundial: Are you a Metrosexual?
Híbridos de las metrópolis
El término Metrosexual, acuñado en estos procelosos tiempos de la globalización, proviene de la unión de metro, por las áreas metropolitanas, grandes urbes o megalópolis y lo de sexual será por el sexo. Aunque parece contradictorio.
Lo que no resulta para nada contradictorio es el hecho que esta nueva subespecie esté rompiendo moldes, corazones e identidades, fogoneado desde los grandes medios de comunicación mundiales, favorecidos por el desarrollo tecnológico del satélite y la Internet que lo definen como “Guapo, refinado, a la moda y en cacería femenina”.
¿Qué se busca significar con ese “... en cacería femenina”? ¿Qué no se trata de homosexuales? ¿Qué van pa´ lante? ¿Qué les da lo mismo comerse un chocho que comerse una buena polla?
Hombres refinados los hubo siempre. No se necesita ser metrosexual para aconsejar a la esposa, la novia o la amante cuál perfume le va mejor a la piel; si tal o cual vestido la favorece o si el vino ideal para las carnes rojas está en la línea de los Malbec. Estas características –que en los metrosexuales parecen ser motivo de confusión respecto de la orientación sexual–, nada tienen que ver con llevársela a la cama para darse mutuamente una excelente cepillada, como la llamaría la adolescente Melisa P.
“Entonces ¿cuál es la diferencia entre un hombre y un metrosexual? –se pregunta Anhioa Torres, corresponsal de la agencia EFE, en su nota El metrosexual: el hombre del siglo XXI–. Digamos que la metrosexualidad es el justo medio entre el troglodita, bebedor de cerveza, fanático del fútbol y asiduo asistente de bares y ese refinado «dandy» que puede distinguir a ojos cerrados la diferencia entre «One» de Calvin Klaine y «Envy» de Gucci”.
No veo a qué tanto aspaviento. Mi esposo viene haciendo eso desde hace una punta de años, eligiendo para mí los perfumes que sabe que a mí me gustan y los que ni yo se que me gustan y el ha aprendido a reconocerlos, y no se siente un metro... nada.
Y como me dijeron que cuando escriba, escriba de a poco, por ahora dejo aquí lo que había prometido. Pero eso sí,
to be continued.
PD: Mis recuerdos cotidianos a
Dakota, que en un correo electrónico de esos de SPAM, me regala una clave (password) gratis (free) para tener orgasmos. Gracias, pero ya los tengo sin necesidad de usar password.
También a
EYrQttVE3sBe1aKsYqa@oknijb.com (¿qué clase de dirección postal es eso?), que por cuenta de
www.LasVegasLiveDealer.com me ofrece jugar (y ganar) en vivo desde mi computadora, como si estuviera en la esa ciudad del desierto de Nevada, que fundara un gangster a partir de un miserable parador para los ómnibus que transportaban soldados hacia la costa Oeste.
NB a la PD: Gracias a
Victoria, por el texto –genuino, emotivo, profundo– de su comentario. Para ella, que sabe de qué va la cosa, un beso.