Colección Voyeur

Miércoles 18 de Agosto de 2004
Chats eran los de antes II
Ignacio capturó mi atención desde el mismo momento en que comencé a leerlo en la sala general del chat.
Su decir era tan elegante como espontáneo. Hacía gala de un humor ácido, agudo. Me reía a carcajadas con sus preguntas inteligentes, y me fascinaba su dialéctica para salir del paso de la forma más inesperada.
Un día, con todas las ganas, respondí a su seductora invitación a charlar en privado. La conversación se transformó en diálogo y éste, en una cita diariamente esperada. En principio me contó que vivía en el sur del país, que era médico, neurocirujano y que una de sus grandes pasiones era el piano.
Acostumbraba a esquiar cada vez que podía y era a la sazón, un talentoso caricaturista. Recordé como escogía las mejores palabras para dibujar en sus relatos a los personajes de la ciudad, a sus colegas del hospital, a su familia...
Él escribía y yo... los veía.
Compartíamos como buenos amigos de largas sobremesas, el agobio que dejaba el fin de la jornada, el estrés de nuestros mutuos trabajos, el libro que teníamos entre manos, lo que habíamos logrado, los sueños posibles y los imposibles también, casi todo y todo casi...
Al poco tiempo nos conocimos, fotografías mediante; teníamos que vernos las caras de alguna manera y con la tecnología disponible fue sencillo satisfacer nuestra necesidad.
No nos desilusionamos.
Me resultó un tipo muy atractivo, y de no haber sido así, ya existía un puente entre ambos más allá de lo alto o bajo que cada uno pudiera ser, más allá de los años, el color de cabello, o de nuestros respectivos pesos específicos.
Nos gustamos, es más, nos gustamos tanto que no nos dimos cuenta en qué momento el deseo comenzó a puntuar nuestras charlas escritas. Se asomaba en la forma en que esperábamos encontrarnos, en los silencios, en la manera de despedirnos hasta el día siguiente.
Ignacio me preguntaba cada noche, qué era lo que llevaba puesto, por mi parte encontraba respuestas a lo que a mi me interesaba.
Nos imaginábamos.
Le describía con detalle mi vestuario, el que había decidido usar desde la mañana o lo que tenía puesto a esas altas horas de la noche cuando él llegaba y yo me encontraba a solas conmigo, en la intimidad de mi escritorio apenas iluminado por la luz del monitor.
Por él viajaban el cigarrillo a compartir, la taza de café, el beso de las buenas noches... la mirada.
Viene a cuento que te diga que las chalinas son mis accesorios preferidos, ¡imprescindibles! Tengo una colección de ellas. En invierno siempre tengo a mano un chal ?me defiende del frío?, y en verano un pañuelo acorde a lo que lleve puesto; a mis manos les vienen bien ambas cosas para entretenerse.
Acostumbran a jugar todo el tiempo a anudar, desanudar, a buscar con poco éxito, la simetría de los extremos, y me resulta placentero sentir cómo se deslizan alrededor de mi cuello en su ir y venir. Me gustan.
A Ignacio le gustaron también. Así, a continuación del consabido
?Hola, ¿cómo estás? ?mi sonrisa se anticipaba para escuchar?: ¿Qué pañuelo elegiste hoy?.
Entonces me interrumpía para completar la descripción, juntos reíamos porque conocía de esa forma, la nuestra, a todos ellos.
Ignacio y yo nos encontramos en la web al finalizar el invierno y al llegar el verano, exactamente la primera quincena de febrero, él viajó unos días a Chile, allí estaban, desde enero, su mujer, Mora, chilena, por cierto, y sus dos hijos. Yo me fui más al norte aún que de costumbre, a descansar a una hermosa ciudad que, hoy comprobé, sigue existiendo a cien kilómetros de Río.
Volé a Guaruja, Eduardo, mi pareja por aquel entonces, viajó una semana más tarde.
(continuará...)
 
Publicado por La Bacana a las 18:34

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