Al llegar nos instalamos en la hostería que había contratado desde Buenos Aires, el lugar elegido era mejor de lo que había podido vislumbrar en Internet.
Era una hostería, acogedora, pequeña, con más plantas que ladrillos. Todos los rincones de la habitación, así como lo que en ella estaba dispuesto con un gusto exquisito, era de color blanco. A través del amplio ventanal que prometía un acceso directo a la playa podía verse el mar profundamente azul.
–¡Tudo bem!
La vida en el mar me sienta de maravillas. Suelo despertar antes que salga el sol tan sólo para verlo desflorar al cielo como lo hace el mejor de los amantes.
Eduardo acostumbra dormir hasta más tarde, jamás se levantó antes de las diez u once de la mañana, aún en Buenos Aires, su ritmo de vida es igual, comienza a trabajar después del almuerzo. Así que, por mi parte, el despertar, pasar rápidamente por la toilette, echar mano de una bikini y salir a la playa era todo mi deseado ritual.
El amanecer de aquel día que convertiría mi vida en un antes y un después me esperó, en principio, como siempre.
Caminaba en dirección al mar; cuando un tibio fluído suavizó el roce de mis muslos. Me percibí con cierta perplejidad. No era la primera vez que mi piel perdía su memoria.
Ni una huella... no la pasaba nada mal con Eduardo pero empecé a darme cuenta que hacía un tiempo esperaba lo que sucedía: la pasaba...bien.
Fue entonces cuando sentí la ausencia de Ignacio. Lo extrañé.
Un gran interrogante apuró la zambullida pero durante todo el día nada logró apaciguar mi inquietud.
Estaba secándome al sol, de cara al mar, cuando Eduardo llegó por detrás para abrazarme por la cintura y me besó. En medio de mi sobresalto le devolví el beso riéndome aún dentro de su boca mientras intentaba ubicarme frente a una decisión que, sin saberlo, ya había tomado.
Giré entre sus brazos para mirarlo quizás con la intención de encontrar en sus ojos alguna pregunta: ¿Qué le pasaba a él? ¿Registraba, acaso, que algo no existía más, por lo menos para mí?
Encontré una pista que el borró de inmediato bajando la mirada. Volvió a besarme y corrió al mar, nadó unos minutos para regresar y acostarse a mi lado sobre el acogedor colchón de arena, tan blanca como tibia.
Permanecí, de cara al sol sin saber en qué momento él había pasado a la reposera para disfrutar de la novela que venía leyendo. Desde allí me llamó más de una vez para ir a comer algo, me incorporé y nos ubicamos en uno de los barcitos de la playa.
Estaba ensimismada, poseída por un sólo deseo a tal punto que cuando Eduardo me preguntó qué era lo que iba a comer, me contuve para no decir: ¡Ignacio!
Obvié el tiempo de la sobremesa, él volvió a su lectura y yo corrí a la habitación.
Lo primero que hice al entrar fue pedir al bar que me enviara una caipirinha, mientras tanto aproveché a darme un baño para sacarme de encima la arena que me incomodaba. En ese instante me di cuenta que Eduardo, como amante, era para mi piel como el agua de esa ducha, se deslizaba por la superficie de mi cuerpo sin dejar más huella que una humedad y una frescura que se desvanecían en el primer contacto con el aire.
Un toque en la puerta coincidió con mi salida del baño, me cubrí con la toalla que tenía a mano y fui por esa bendita y merecida caipirinha.
Con el primer sorbo atrapé entre los dientes algo de hielo granizado; me gusta jugar con el hielo, sentir como la lengua acorrala los cubitos dentro de la boca hasta disolverlos mientras crujen como pequeños cristales.
Sequé el exceso de agua de mi cabello y con la piel aún mojada tomé un pareo para diseñarme un vestido express con sólo anudar dos de sus puntas por detrás del cuello.
Abrí la Laptop, busqué y encontré: Ignacio estaba en línea.
–¡Victoria! ¿Qué es de tu vida?
Mi alegría no fue mayor que la extrañeza que sentí en ese instante.
Ignacio no me llamaba así, no acostumbraba a saludarme de ese modo.
(Continuará)