Colección Voyeur

Viernes 27 de Agosto de 2004
Ya no es novedad
El informe del periodista mexicano Naief Yehya no me suena a novedoso –a mi juicio–, porque haya aparecido como un libro. Creo que nos basta con mirar lo que tenemos alrededor, para darnos cuenta que ya estamos en medio de un caos moral de proporciones alarmantes, que se pone en evidencia en el detrimento que han sufrido los valores.

Y para no usar palabras grandilocuentes, vayamos a lo simple, a lo cotidiano.

Tomemos un ejemplo sencillo: ¿qué entendemos por “las fiestas”?

¿Qué se entendía en mi época por “ir a una fiesta”? Una fiesta era una reunión –a veces con fines determinados, como por ejemplo festejar un cumpleaños, a veces sólo era para reunirse un grupo- donde se podía bailar, uno se divertía, y también servía para el ligue –como escribiría Monse–, para entablar relaciones entre hombres y mujeres con fines determinados. Adultos, jóvenes, adolescentes, fuera la edad que fuese. El cortejo, el galanteo, todo eso que estaba rodeado de magia y que podía o no terminar en un revolcón, pero en sí ya era sumamente excitante y divertido, más allá de las copas, de la conversación y de la danza.

En las dos últimas décadas del siglo, se empezó a llamar “fiesta” a una reunión de más de dos personas de sexo opuesto –de ménage a trois hasta una pequeña multitud–, que se juntaban en un lugar prefijado, con el fin de tener sexo.

Hasta ahí, vamos bien.

En los últimos tres años del siglo y los dos primeros del actual, se entendía que una “fiesta” era una reunión en la que, básicamente, los asistentes consumían tales cantidades de bebidas fuertes, que salían al borde del coma alcohólico. Pero aún así, también el sexo estaba allí, flotando como el humo de los cigarrillos o de los porros, y se terminaba horizontal si había “onda” entre dos participantes de sexos opuestos. O más de dos, integrando a un tercero... O del mismo sexo.

Pero el otro día tuve oportunidad de enterarme que hoy, cuando ya casi ha transcurrido media década de este nuevo siglo, por “fiesta” se entiende una reunión en la que se juntan jóvenes varones y jóvenes mujeres quienes, en principio, consumen alcohol y drogas hasta el punto de poner en serio riesgo su vida, hasta terminar casi descerebrados, idiotizados por las mezclas de euforizantes con antidepresivos y vaya a saber qué otros compuestos químicos, conocidos como drogas de diseño.

De sexo, eso sí, ni hablar. Nada, como esa muletilla que una escucha tan recurrentemente en la calle, en los medios de comunicación, en los lugares públicos.

Nada.

Quizás -y hasta dudo que así sea-, la autosatisfacción, la masturbación en soledad. ¿El vacío?

Se me ocurre que nuestras fiestas, a las que yo asistía cuando era adolescente, para las que me pasaba horas frente al espejo “produciéndome” (como lo llaman ahora), eran las fiestas de Eros. Y siento, cuando escucho el relato de lo que ocurre ahora, que esos jóvenes o adolescentes que los viernes a la noche se juntan en casa de alguno, asisten a las fiestas de Thanatos.

Lo nuestro se trataba de vivir.

Hoy se trata de matarse.

En el medio, Internet y su Sexo Express.

Que será tema de otro Blog.

Besos para todos.

 
Publicado por Silvia a las 18:56

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