Lo de siempre... siempre diferente
Días atrás le comente a
Jimmy uno de sus interesantes artículos, aquel que hacía mención al libro
Kamasutra, pocas veces considerado como lo que es, quizás el más importante tratado sobre sexualidad y erotismo, en definitiva, sobre el arte de amar.
También dejé dicho en ese comentario que venía hace un tiempo con la idea de hacer pequeños artículos acerca de dichos temas, y con esto me refiero explícitamente a la sexualidad, el erotismo, el autoerotismo; el sexo con amor, sin amor y también lisa y llanamente acerca del amor ¿por qué no?
Podríamos coincidir no sin cierta pena que hoy, lo que se reprime no es el sexo pero si el amor. ¿Un tema... eh?
Les cuento que no arrancaba con los artículos por esas cosas de la vertiginosidad de estos tiempos y –valga el término–, de las
corridas. Pero ya mismo comienzo con ellos y con el mismo deseo de siempre: que lo que aquí se exponga sea puente para un interesante intercambio entre
Voyeur y sus destinatarios: ustedes, sus lectores.
Habrán observado en el ir y venir cotidiano, que no abundan precisamente rostros felices ni por aquí ni por allá. En más de una mañana –¿a quién no le ha pasado?–, ni en nuestros propios espejos nos recibe una de esas sonrisas que nos cuentan acerca de lo que la piel no olvida.
Hoy sabemos un montón de cosas ¡Uh!. Las libertades que supimos conseguir están de nuestro lado, así que no hay excusas para dejar de hacer de nuestros lechos (tampoco es el único lugar) los mejores campos en los que se libren las mejores batallas.
Vamos al punto –antes de llegar al
G–, y veamos qué nos cuenta, entre tantas cosas, el
Kamasutra.
Nos sugiere por ejemplo, distintas maneras en las que dos cuerpos pueden encontrarse (si llegan con alma y todo, mejor); nos ofrece alternativas entre las que seguramente podremos por necesidad, posibilidad o gusto, elegir como nuestras preferidas. Empecemos por una:
I. EL ACRÓBATA
Mi estimado señor: usted deberá tumbarse cómodamente en el lecho, cara al cielo, mientras tú, querida congénere (seas elenco estable o suplente), te colocarás de espaldas a él para luego acostarte cuan larga seas, sobre su mullido cuerpo.
Les aviso que es una postura confortable, relajada y recomendada para aquellos que tienen cierta dificultad en mantener su pene dentro de la vagina elegida para la ocasión.
Aprovecha la oportunidad para ejercer, productivamente,
el buen poder. Ya que desde arriba, te toca a ti controlar con tus movimientos el ritmo de esta
performance.Es cierto que estando debajo de tu compañera no se te facilita el movimiento de tu pelvis; pero, mi querido, tendrás a cambio las manos libres –como dicen las publicidades de los teléfonos celulares–, así que allí están sus pechos, a disposición de tus sabias manos, el resto del cuerpo todo, también.
El
botoncito milagroso está al alcance de ambos, de tal modo que no hay excusa, no esperes que él lo haga todo (hazte cargo de tu propio placer).
Esta posición favorece el orgasmo (recuerda querida:
no somos licuadoras de una sola velocidad). ¡Hay tantos matices! Después de todo, trabajar por una buena corrida es un placer.
Así que es aconsejable que esas suaves manitos –que para algo nos las ha dado Dios–, viajen de aquí para allá, desde nuestro clítoris hasta su entrepierna,
ahí, justo hacia abajo, mientras él se pasea con las suyas a lo largo y ancho de todo tu territorio.
El punto
G para el cierre de la corrida esta ahí nomás ¿eh? Pueden encontrarlo y mimarlo tanto tiempo como gusten, es querendón y muy acogedor.
La brevedad que un blog nos exige, me obligó a entrar por el centro de una secuencia que hipotética e idealmente, debería haber comenzado –atendiendo la hora y el día en que se desarrollen los sucesos–, por ejemplo con una cena exquisitamente elaborada, un buen vino, (mi paladar me lleva directo a los
Malbec ), una agradable sobremesa... Todo hace camino... incluso a la mesa.
Luego, y para retomar desde el punto
G, debo decir que suele ser seguido por el punto
H.
Y es que el buen sexo da
hambre.
Cualquiera de los dos (recordadlo: ahora sí, igualdad entre los sexos) puede dirigirse a la cocina (si es que no fue previsor) y volver con una bandejita con dos copas de vino (el placer de otra trasgresión, la de descorchar la botella que estaba destinada para el día siguiente), y si de hedonismo hablamos, un pequeño plato con unos –digamos... ¿diez?–, langostinos de ésos bien grandes, rosaditos y empapados con un chorro de limón por único condimento. Después
¡Chin, Chin!Si todo fue bien,
¡bien!. Si quedó algo en el camino, volveremos aunque más no sea por esos langostinos.