Colección Voyeur

Jueves 23 de Septiembre de 2004
Trapecistas sin red
Dos datos previos: el primero, la hija de una buena amiga. Dieciséis años bien llevados. Una adolescente hermosa, fresca, con la energía y la sensualidad de su edad y las hormonas en plena ebullición, que, además, confía en la reacción de sus mayores cuando habla esperando respuestas que la orienten por el azaroso camino de la adolescencia. Con una mamá que le habla a sus hijos y que no habla con sus hijos, porque nuestros hijos no son nuestros pares.

Pues bien, allí está ella en su escuela, cursando el primer año de la superior, haciendo amistades y seleccionando entre todos sus compañeros aquellos que no inhalen “blanca”, que no fumen porros y que no tomen alcohol hasta quedar en coma. Y entre todos –chicos y chicas–, con dos o tres se establece un lazo más estrecho, la empatía es más natural. Especialmente con una de sus compañeras, que sale con un joven algo mayor –ya transita la vida universitaria–, con la cual la amistad se plantea más sólida, la confianza más espontánea y la confidencia profunda.

Una noche la hija de mi amiga se encuentra en un bar con su amiga y el muchachito de marras, un chico apuesto, que no se emborracha, que no es como los otros, en una palabra. Y allí, con la naturalidad de los adolescentes, conversan los tres y pasan una linda noche, en la que no sólo ellas bailan solas en la pista sino que el noviecito de su amiga baila con ambas, hasta que es hora de marcharse. El chico lindo antes de llevar a su noviecita, acerca con el auto a la hija de mi amiga hasta su casa cuando el sol ya está alto en ese madrugada de un domingo de primavera temprana. Y hasta ese momento, como dicen ahora, todo bien.

Pero el lunes, la hija de mi amiga intuye que algo ha ocurrido y no sabe qué es. Su amiga ha cambiado su actitud. Se da cuenta que parece indecisa, temerosa. Como si tuviera algo que decirle pero le costara expresarlo.

Dos días después, en una hora libre, y mientras ambas comparten un cigarrillo lejos de los ojos no muy atentos de un preceptor, su amiga da un respingo y se anima. Se lo dice.

–Fulano (nombre del chico lindo) se quedó re-dado vuelta con vos (¡Qué costumbre de aumentarlo todo con el "re"!)

–¿Conmigo? Pero si es... –se atajó la hija de mi amiga.

–Por mí todo bien... –dice su compañera, para tranquilizarla.

–No te entiendo.

–Se delira por estar con la dos –le suelta la compañera, de una.

–¿Cómo con las dos? –dice la hija de mi amiga, sin entender del todo.

–Sí. Con las dos. Ya lo hicimos antes, y a mí también me re-gusta –finalmente la compañera corre el velo–. Yo ya lo hice con una amiga... las dos solas, ¿viste? Me re-flasheó. Todo bien.

–No... yo, no. No sé... No me lo imagino –la decisión de la hija de mi amiga.

–Pero si no pasa nada. Hay onda entre nosotras y él con vos... Estaría re-copado... ¿No te parece?

–No. No me parece.

Y después de esa negativa, el alejamiento cada vez más pronunciado entre la hija de mi amiga y su compañera, con la que había empezado a afirmarse una buena amistad que, a partir de ese momento, empezó a marchitarse hasta que, finalmente, se diluyó en ocasionales saludos casi protocolares.



El segundo dato está relacionado con la efímera importancia que ha tomado, en los medios de comunicación en los últimos días, el tema de la educación sexual en los colegios, y que ha llegado hasta el punto de una original protesta con jóvenes que se muestran a la cámara amordazados y con los ojos vendados y con tapones en las orejas, remedando a los tres monos que ni ven, ni oyen, ni hablan.

Porque esa pantomima es el símbolo que mejor representa la actitud que los mayores han adoptado con las generaciones que los deberán suceder.

De esto, no se habla.

Por otro lado, la anécdota –auténtica casi hasta en lo literal–, muestra la realidad de cómo los adolescentes comienzan a exponerse a riesgos muy altos en el ejercicio de su vida sexual.

Y no estoy mencionando los riesgos extremos –aquellos en los que se pone en juego la vida, como el del contagio del SIDA, el embarazo adolescente o las derivaciones más peligrosas del aborto–, sino el hecho de llevar a la realidad todo aquello que está en el terreno de la fantasía, sin conocer las consecuencias que provocará en su persona –hablo de su psique y sus sentimientos–, el no saber que mientras la fantasía queda circunscripta a la mente, es una clara señal de salud mental. Pero así que uno se habitúa a plasmar en la práctica todo aquello que está en la imaginación en forma de fantasía, empieza a caer de la cuerda floja en la que ha estado haciendo equilibrio para caer al vacío.

Un vacío que termina en el piso, porque no hay red protectora.

Esta situación no es exclusiva de la Argentina, ni siquiera de América Latina o de los países periféricos o subdesarrollados. Tampoco es privativo de los que integran los niveles económicos más bajos de la sociedad, ni tampoco de la clase media. Es un fenómeno social global producto –creo, y sólo creo–, de la crisis de valores de la familia –tal y como la conocimos los que pasamos los cuarenta–, y de la disgregación social que se me antoja una de las caras más despiadadas de la globalización.

Pueden los gobiernos trazar todos los planes de educación sexual que se les ocurran. Pueden recurrir a expertos en comunicación, a psicopedagogos y a profesionales de la salud sea cual fuere la disciplina y pueden hablar hasta que la lengua les quede más seca que una piedra en el desierto a mediodía, y no van a conseguir llegar ni siquiera a darle una vuelta al problema. Por más comerciales de gráfica, radio y televisión que produzcan y aunque echen mano de líneas gratuitas y páginas web.

Sé –por vivirlo en carne propia–, que a continuación surge, rápida y perentoria la pregunta: ¿Qué hacer entonces? ¿Qué nos espera? ¿Cómo se hace para que los adolescentes no jueguen más a trapecistas de circo que hacen malabarismos en el vacío sin red protectora?

Y no veo –desafortunadamente–, una solución que pueda aplicarse en forma general.

La hija de mi amiga –y he aquí el producto del trabajo y el amor de su madre–, supo decir que no.

Me pregunto cuántas otras hijas de otras amigas dirán que sí, porque en su peculiar vocabulario, las re-flashea.

No soy, precisamente una melindrosa que se rasga las vestiduras. Y confieso que, como a la gran mayor parte de las mujeres, en esos momentos de sexo desenfrenado, se me ha cruzado por la cabeza más de una vez la fantasía del ménage a trois, desde que aprendí y empecé a ejercitar mi sexualidad en libertad.

Pero la verdad que cuando tenía dieciséis años, la fantasía ni siquiera se me cruzaba por la cabeza.

Claro que cuando yo promediaba mis estudios secundarios no tenía a mi alcance el recurso de ver las fantasías más alocadas en una pantalla de televisor y las computadoras no existían. En esa época no tan lejana, lo más osado que podíamos ver eran los besos en la boca de los intérpretes de algún culebrón de la media tarde.

Pero claro, el vértigo era distinto y no éramos equilibristas jugando en el trapecio sin red.

Y para terminar, una felicitación: me parece excelente la iniciativa de La Bacana con el Kamasutra. A más de un adulto que yo conozco, le vendría bien leer esas notas con atención y aprender un poco.

Besotes para todos.

 
Publicado por Silvia a las 21:02

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