La mujer romana, frente a la ley, estaba considerada como un ser menor en el marco de la familia, y el pater familias tenía –al menos en teoría–, poder absoluto sobre ella. Durante su vida la mujer pasaba del poder del padre al del marido y, en caso de quedar viuda –nada extraordinario en Roma–, al poder de su hijo mayor.

Para los romanos, el peor crimen que podía cometer una mujer era el adulterio, que estaba castigado con la muerte, si nos atenemos a la letra de la ley –y no a la práctica de la vida cotidiana–, puesto que el engaño no era al marido sino a los dioses domésticos. Estos dioses eran divinidades tutelares de las encrucijadas y de las regiones campesinas; también, y más habitualmente, dioses del hogar. Se veneraba a los lares compitales en el compitum, –encrucijadas–, donde se reunían cuatro parcelas de una propiedad. El lar familiaris, ‘espíritu guardián del hogar’, era el centro del culto familiar, y los escritores romanos solían emplear la palabra lar con el significado de “hogar”. Durante el periodo de la República Romana cada hogar tenía sólo un lar familiaris, pero bajo el Imperio Romano se veneraban regularmente dos lares, que llegaron a identificarse con los penates, los dioses de la despensa que son venerados en cada casa, junto con los lares, como protectores del hogar.
Por ello, todo hijo nacido de una unión ilícita o adúltera era considerado extranjero, esto es, no podía de ningún modo ser un ciudadano romano.
Pero las esclavas,
las libertas –esclavas a las que se les había otorgado la libertad–, o cualquier
mujer que no hubiera estado integrada en el círculo religioso romano, podía
disponer libremente de su cuerpo. En ese sentido, las esclavas la pasaban mucho
mejor que las señoras.