Aproximadamente durante el principado de Nerón, la moda femenina había llegado a un nivel de sofisticación que nada tenía que ver con la actitud de las virtuosas matronas romanas de los primeros tiempos de Roma. Una señora de cierta alcurnia, por ejemplo, empleaba por lo menos tres horas y seis o siete esclavas para “producirse”, como se le dice ahora. En los cuartos de baño de las casas pudientes existía todo tipo de cepillos, navajas, tijeras, cremas, polvos, jabones –originario de la Galia– y cosméticos. Popea Sabina, esposa de Nerón, había inventado una mascarilla de pasta empapada en leche de burra (tectorium) que se aplicaba sobre el rostro durante la noche, a fin de mantener la tersura de la piel.
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Esta mascarilla popeana, llegó a ser común entre las mujeres, del mismo modo que otra que estaba hecha sobre la base de una mezcla de arroz y harina de haba. Por lo demás, los baños de leche eran normales, hasta el punto que los ricos viajaban acompañados de vacas para tener leche fresca siempre a su disposición.
Existían especialistas que recomendaban dietas, gimnasia, baños de sol y hasta masajes para prevenir la celulitis. Del mismo modo que hoy, había peluqueros (tonsores) que ganaron fortunas inventando peinados originales para le época: el cabello hacia atrás, anudado a la nuca o sostenido graciosamente con una redecilla o una cinta. Los vestidos eran amplios, etéreos y vaporosos, a punto tal que Horacio criticaba a las mujeres que los vestían y que no los usaban ceñidos al cuerpo porque, sostenía, los vestidos gráciles y amplios ocasionaban que los jóvenes y los hombres libertinos –en Roma los había, y muchos–, se imaginaran cómo eran los cuerpos de las mujeres que los lucían.