Si hay que creer todo lo que se ha escrito acerca de Cleopatra VII, se podrán comprender las razones que tuvieron Julio César –el moechus calvus– y Marco Antonio para prendarse de ella. Si bien no parece haber sido una mujer de una belleza deslumbrante como la de Liz Taylor(que la interpretó en el célebre film) ni una femme fatale de la antigüedad, podemos dar por cierto que tenía una personalidad fuerte, el encanto de las feas, un magnetismo misterioso y un carisma propio de reinas. Cualidades todas que no le sirvieron con Octavio –más conocido como Augusto–, puesto que cuando sedujo a Julio César era una jovencita. Con Marco Antonio, ya era algo mayor. Pero aunque seguía siendo igual de lasciva, cuando se topó con Octavio ya debía haber pasado el límite de los cuarenta años y el vencedor de Actium apenas había terminado la adolescencia y era, por temperamento, todo lo contrario a sus dos predecesores.
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Pero también hay que tener en cuenta que de ella se dijo que, con la boca, era irresistible. Cleopatra parece haber sido una artista de la fellatio y una verdadera entusiasta en eso de tomarse todo el semen de sus amantes hasta dejarlos totalmente exhaustos y limpitos.
Se sabe positivamente que su aspecto no era el de una egipcia, sino más bien el de una griega y que en el idioma de Herodoto su nombre era Merikane, que significaba algo así como “la de la boca abierta”, lo que se puede interpretar como “la que tenía la boca ancha”. Y tal su fama y su obsesión por el semen, que por lo menos una vez en su vida organizó una fiestita con más de cien hombres nobles de su corte, a los que fue volteando como muñecos uno después de otro, lo que le valió su reputación en todo el Alto y el Bajo Egipto.
¡Ah las cosas que tiene la historia! ¡Cuánto más hubiera disfrutado la célebre reina del Nilo de haber existido Semenex en esos tiempos!