Desde que nace, y a todo lo largo de su vida, el sexo es el compañero inseparable del ser humano. Normalmente es una experiencia personal y deliciosa que con el paso de los años y las vivencias, se va enriqueciendo en un proceso de evolución que comienza con la integración de los sentimientos de ternura en primer lugar y de los sentimientos eróticos después, hasta llegar a formar la propia identidad de una persona. Todas las personas tenemos fantasías. Por suerte.
Las fantasías pertenecen al mundo de los sueños y de la imaginación y es esta última, la imaginación, la que elabora el más eficaz de los afrodisíacos y el mejor compañero para una relación sexual satisfactoria. Por eso el mejor afrodisíaco –tanto para la mujer como para el hombre–, son las fantasías y en su mundo todo está permitido. Desde las actitudes más prohibidas, a las caricias más osadas. En el terreno de la fantasía todo vale, hasta las más variadas y exóticas formas de erotismo.
Por alguna razón que desconozco, aunque son los hombres quienes más reconocen tener habitualmente fantasías, a la hora de recurrir a ellas mientras se realiza el acto sexual, son las mujeres las que admiten que en esos momentos, recurren a las fantasías como estímulo para pasarla mejor.
Los resultados de las encuestas que se pueden consultar respecto de cuáles son las fantasías más comunes o recurrentes, algunos resultados son compartidos y otros desiguales para hombres y mujeres. Cuando se deja la imaginación en libertad para fantasear, tanto hombres como mujeres comparten una fantasía común: la del sexo en grupo, por lo menos con un tercero. Esto es, estar con dos mujeres en el caso de los hombres; incorporar a otro hombre –si es desconocido mejor–, para nosotras. No me pregunten por qué tiene que ser desconocido, porque no lo sé, pero admito que se me ha pasado más de una vez por la cabeza.

También hay fantasías que son propias de hombres y otras más comunes entre las mujeres, como por ejemplo, la de la dominación o el forzamiento, que no podamos hacer otra cosa que dejar que la cosa suceda, se entiende. Relájate y goza, en una palabra. Quizás tenga que ver con la sensación de culpa que por siglos ha condicionado las relaciones sexuales, o por el lugar de la mujer en la historia de Occidente.
Opinan los sexólogos –y por mi parte lo llevo a la práctica–, hay que sentir de todo menos culpa por las fantasías que provoca nuestra imaginación, por más escatológica o prohibida que pueda parecer, puesto que obedece al espacio imaginario de lo vedado, de aquello que nunca hemos considerado hacer y que en condiciones normales, nunca haremos.
Si podemos mantener una vida sexual normal sin necesidad de recurrir invariablemente a las fantasías, si el hecho de tenerlas no se convierte en una obsesión y si no pretendemos llevar a la práctica todo lo que nos pasa por la imaginación, definitivamente las fantasías no son una patología y son de lo más normalitas.
Porque desde que se inician –aproximadamente en la adolescencia, como una forma de descubrir el propio cuerpo y transitar la sexualidad–, las fantasías van aumentando con la edad y la experiencia sexual y son un eficaz antídoto contra el riesgo de la monotonía.
A mí, bien me sirven, créanme. Besos