La obsesión de las mujeres romanas de adquirir la blancura de la piel de sus esclavas germanas la llevó a maquillarse con una mezcla de yeso, harina de habas, tiza y albayalde. Como el resultado era el contrario, porque al contacto con el sol la piel se oscurecía, abandonó pronto este compuesto. El color negro que se aplicaban las mujeres en las pestañas se lograba a partir de moscas y de huevos de hormiga machacados.
El maquillaje fue frecuente entre los romanos de ambos sexos. Las mujeres se aplicaban colorete, carmín, un compuesto de color negro para las pestañas y tonos rosados y blancos para los párpados. Los varones en algunas ocasiones se maquillaban ojos, cejas y párpados.
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En su aseo diario –que empezaba en los baños–, los romanos –tanto mujeres como hombres–, empleaban dentífricos y una amplia gama de perfumes, ungüentos y desodorantes para axilas y pies (rosa, azucena, azafrán, lirio y nardo) que, importados de Oriente, podía adquirir en las tabernae unguentariae. Los perfumes más solicitados fueron el cromincus (mezcla de azafrán, mirra, alheña, junco, láudano y estoraque) y el rhondinium (elaborado en base a rosas).