La mitología griega tiene muchos puntos comunes o parecidos con la egipcia. Osiris, por ejemplo, que era hermano de Isis –diosa de la Tierra y de la Luna–, y también su marido, despertó la envidia de su propio hermano, Seth, que celebró un banquete en su honor y lo engañó para que se metiera en un cofre que fue cerrado y arrojado al Nilo. Pero Isis encontró el cofre y lo hizo llevar a Abidos. Cuando Seth se enteró de lo ocurrido, descuartizó el cuerpo en pedazos y nuevamente los arrojó al río, y las aguas arrastraron los pedazos, cada uno de los cuales fue recogido por una ciudad distinta.

Isis: ilustración de David Cherry
Isis, con la ayuda de la esposa de Seth –Neftis–, reunió los pedazos pero no consiguió encontrar los genitales, y el cuerpo envuelto en vendas de lino, recompuso el cadáver. Isis, que tenía poderes mágicos, le colocó un pene de madera a su marido y, con su amor, consiguió reanimarlo y mantener relaciones sexuales con él, pese a todo, y de allí nació Horus, el dios halcón.
Así Osiris –el dios de los muertos, el Sol poniente–, que descansaba en el desierto occidental, engendró a Horus, el Sol naciente quien, cuando creció, se enfrentó con su tío en dura batalla para vengar la muerte de su padre, en la que acabó con el usurpador.
Se ve que ni los egipcios ni los griegos imaginaron siquiera las posibilidades que, miles de años después, ofrecerían el latex y los implantes.