Las Vestales eran, en Roma, las sacerdotisas consagradas a la Diosa Vesta –llamada Hestia por los griegos–, que debían mantenerse vírgenes. La mitología cuenta que Rea Silvia, hija de Numitor, fue consagrada al culto de la diosa Vesta para obligarla a mantenerse virgen. Pero el dios Marte se enamoró de ella, y aprovechando que estaba dormida la violó, y de esa unión nacieron dos gemelos que se llamaron Rómulo y Remo.
Las Vestales eran elegidas cuando eran niñas, entre los seis y los diez años y debían pertenecer a una clase social libre y no podían tener ningún defecto físico. Al ser aceptadas se les cortaba el cabello y se las vestía con una túnica blanca. Debían cuidar que jamás se apagase el fuego en el templo de Vesta, porque esa llama representaba el porvenir de Roma.
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Debían guardar un total celibato y tanto las adúlteras como los hombres que abusaran de ellas eran castigados con la pena de muerte. La muerte de las Vestales no era, sin embargo, igual a la del resto: en medio de espantosas ceremonias en las que se recordaba a las divinidades más malignas, la Vestal castigada debía bajar a su propia tumba, donde se la encerraba con una lamparilla, algo de aceite, un pan, agua y leche. Así pues, la infortunada moría de inanición, aunque a pesar de esto, las sacerdotisas que cumplían con su deber recibían honores especiales, como que se le confiaran todos los secretos de estado, se les reservara el mejor sitio en el circo y sus gastos corrieran por cuenta del estado romano de por vida. Después de treinta años podían dejar su puesto, y no tenían obligación de mantenerse vírgenes, por lo que podían casarse. Claro que ya para esa edad, en Roma, eran mujeres viejas, por lo que la mayoría de ellas se quedaba en el templo cumpliendo funciones de cuidado de las novicias.
Así que por lo menos en teoría, las sacerdotisas de Vesta no conocían las delicias del amor hasta los cuarenta años por lo menos, aunque se ha contado que muchas eran adeptas al amor sáfico y por lo menos un princeps, Calígula, se animó a tener relaciones carnales con Cesonia , una sacerdotisa que ya era viuda y que se había ganado la reputación de ser una de las mujeres más viciosas de Roma.