Cuando estudiamos el Antiguo Egipto la primera imagen que nos formamos es la de un reino estable, sereno y con sentido de la trascendencia, de acuerdo con los mensajes que nos dejan sus magníficas construcciones, que parecen haber sido concebidas para la eternidad. Pero es solamente una imagen aparente, porque Egipto, como todos los demás reinos de la época, no pudo substraerse a las luchas por el poder motivadas por la ambición, la codicia, la envidia, el odio y la violencia.
Precisamente fue el harén, el lugar donde el faraón reunía a sus esposas y a sus múltiples amantes, donde se tramaron las conspiraciones y las conjuras más cruentas para quedarse con el poder, para eliminar a enemigos políticos o para matar al mismísimo faraón.

Tut anj-Amón –Tutankhamón–, posiblemente asesinado. Aj-en-Aton –Akhenatón–, que consiguió ocupar el trono después de haber tramado el asesinato de su propio hermano; Ramses III –el último gran faraón egipcio–, casi con seguridad asesinado como producto de una conjura en el harén encabezada por una de sus esposas, para cambiar la línea de sucesión del trono y Amenemhat I, víctima de la ambición de su propio hijo, que no tenía la paciencia suficiente como para esperar el tiempo que llevaba el proceso sucesorio, y quiso acelerarlo.
En estas conspiraciones, no quedaban fuera ni siquiera los magistrados, dos de los cuales fueron acusados en uno de los procesos por la muerte de Ramses III de haberse corrido una juerga y haber hecho “... una sala de cerveza con las mujeres...” acusadas, que se ofrecieron para la diversión, con tal de ser beneficiadas en la causa. Según se ve, no sólo el harén era un lugar peligroso, sino que los egipcios se revelan como precursores en eso de tener una corte suprema corrupta.