Como lo fuera en Grecia, en la antigua ciudad de Roma las mujeres de vida alegre no estaban mal vistas por los ciudadanos, ya que se consideraba que cumplían una verdadera función social, puesto que su trabajo atemperaba los ánimos, evitando que los jóvenes y los mujeriegos pusieran en peligro el honor de las familias de sus vecinos, tratando de seducir a sus esposas.
Como lo vimos en una nota anterior, había establecimientos o burdeles regenteados por un leno –origen de lenocinio–, que era el encargado de mantener el orden, cobrar el importe del servicio y su propia comisión. Por otra parte, las pupilas no pertenecían a la clase plebeya exclusivamente, y existían tantas y de tantos tipos que fueron clasificadas en distintas categorías.

De tal modo, la pala era la que aceptaba sin elección a cualquiera que pagase su precio; la meretrix, era la que se ganaba la vida por sí misma administrando sus clientes y sus ingresos; las delicatae, solían ser damas de clase alta, mantenidas por hombres ricos; las famosae, eran hijas y esposas de gente adinerada que se entregaba al sexo por el puro placer de hacerlo y no cobraban por ello; las dorae, eran las prostitutas que iban siempre desnudas; Las lupae –¿origen de lupanar?– ejercían el oficio bajo los arcos y puentes, para facilitar las cosas a los soldados y campesinos; las copae –coperas–, trabajaban en tabernas y posadas y por último las noctilidae, eran las mujeres que salían sólo por la noche.
Tal como nos cuenta la historia, los romanos no sólo eran organizados para las cuestiones militares y del estado y todo estaba perfectamente ordenado y en su lugar.