¡Jolín! Aquí estoy. ¿Os acordáis cuando empezamos con esta sección? ¿Qué os dije? Todo aquello que no está hecho o que esté por hacer o que se haya atrasado... Como sea, allá voy.
Tal como había iniciado esta sección, se trata de dar alguna que otra sugerencia para hacer más fascinante el juego del amor. Pocas cosas superan, en belleza, a un rostro feliz y pletórico de esa sensualidad que se despliega cuando el sexo se practica con amor.
Hoy recomienzo este cursillo que lleva como objetivo conseguir que el irse a la cama sea gratificante, erótico, divertido, siempre diferente y... dulcemente agotador. Creo que hacer esta sección puede resultar muy gratificante. ¿Os cuento algo? A mí, en particular, me sirve para luego, por la noche... bueno... ya sabéis... Mi señor marido, agradecido, si lo queréis con rima.
Dime amiga, ¿nunca te ha dado esa mezcla de relajación y ensueño llamado somnolencia? Pues te ha pillado, ya sabes de qué hablo.
Te tiendes de costado, como si no te interesara (aunque te interesa, ¡vaya si te interesa! Y él se coloca detrás de ti, y así empieza todo. Porque de pronto sientes la mano de él recorriéndote el muslo y sientes su dureza allí donde termina tu espalda y se elevan tus glúteos. Y lo sientes bajar, con intenciones non sanctas. O, si lo quieres, con las mejores intenciones.

En ese momento es donde tienes que oprimir el off en el comando del aparato de televisión y estirar una pierna hacia atrás, lánguida (un suspiro profundo no está de más) y suavemente, hasta que alcances la cintura de tu amado y una vez allí.... pues sencillamente se la enroscas en la cintura y ya es tuyo.
Él, y su dureza, que a esa altura de los acontecimientos ya no está presionando tu espalda sino entrando en tu gruta de delicias, que está hecha un verdadero manantial deslizable.
La Somnolienta, debo aclararlo, es ideal para las mujeres cuyos maridos –amantes, chicos, novios, parejas o festejantes, como sea que esté dada la relación– , tienen dimensiones más bien exuberantes, ¿me explico?
Y tú, mi querida, debes ser lo suficientemente flexible –la imagen es elocuente–, como para disfrutar de la penetración dándole la espalda. Es parte de la fantasía.
Naturalmente que esa fantasía, tiene su premio, ya que él tiene el terreno libre para mordisquearte ese punto tan sutil, en medio del cuello, o lamer el lóbulo de tu oreja (¡Ay! ¡Que me da palpitación sólo de recordarlo!) y eso no es más que el principio puesto que como él tendrá por lo menos una mano libre, podrá acariciarte los pechos, darte de pellizquitos en los pezones o... jugar con tu botoncito, allí debajo, donde florece tu mata de vellos, donde tu humedad aumenta y donde la presión viene desde atrás y, por lo general, es en el punto G.
Esta forma de entrega, queridas amigas –prestad atención los caballeros–, es tan abierta para recibir al dulce visitante, que en un momento tu pierna se transformará en una tenaza. Justo en ese momento cuando las sensaciones lleguen a tu cerebro y bajen disparadas como rayos.
Es para animarse a practicarla, créeme. Yo sé lo que te digo.
Hay que tener cuidado, eso sí, de soltar las copas –si es que os llevasteis unas copas a la cama–, en el momento exactamente anterior a que el líquido se derrame en las sábanas.
O quizás es el momento de derramárselo encima y beber de allí. A gusto.
Nos vemos en un par de días, ¿vale?
Besos para ell@s .