¡Hola a todos! Aquí estoy, otra vez, para seguir con la serie dedicada a las sugerencias de cómo variar, con vuestras parejas, las posturas en el sexo. Para que ese momento de amor y delectación no termine por transformarse en un mero trámite. Allá vamos, pues:
En la entrega anterior les mencioné a mi amiga, a la que le gusta llevar las riendas de la relación sexual. Ella dice que son momentos... yo creo, conociéndola como la conozco, que son todos los momentos porque es una tía con un carácter de esos.
Fue ella la que me habló de esta postura en una de esas conversaciones en confidencia que tenemos las mujeres, cuando me contó que había empezado a salir con regularidad con un señor adúltero (ella es la responsable y cómplice de ese adulterio) cuya esposa no se ponía a la altura de las circunstancias o tenía demasiado trabajo en llevar el hogar y los sociales. Como sea, puesto que aquí no estamos para hacer de jueces, parece que el mencionado caballero tiene medidas realmente sorprendentes, por la forma en que le brillaban los ojos a mi amiga cuando me contaba cuánto le satisfacía montársele encima, darle la espalda y dedicarse a jugar.
Para El Sometido, el hombre debe acostarse –preferentemente en el medio de la cama–, tenderse completamente, ponerse cómodo y debe estar dispuesto a entregarse a la voluntad e imaginación de la mujer.
Mi amiga dice que este juego de sometimiento masculino es, también para él, muy estimulante.
Ella suele empezarlo acariciándolo, besándolo con suavidad, lamiendo donde hay que lamer y dando mordisquitos allí donde ella sabe que los dientes hacen cualquier cosa menos daño. Eso sí, cada vez que él se quiere incorporar, con esa vehemencia masculina que lleva al hombre a pasar a mayores de una vez, ella lo mira fijo, extiende su brazo, se lo pone en el pecho y lo empuja para que vuelva a tenderse. Luego sigue con su sesión de caricias y besos.

Cuando sabe que lo tiene a punto, y manteniéndose él en la misma posición, ella da un rápido y diestro golpe de efecto, abriendo las piernas y montándosele encima, para que la penetración resulte muy profunda.
Pero de espaldas.
Porque estando de espaldas, es ella quien controla los movimientos, ayudándose con los brazos: ya sea extendiéndolos para apoyarle las manos en los muslos o para jugar con sus deditos allí donde ella está segura de lograr mejores efectos.
También sabe que mirarlo fugazmente, asomando apenas su rostro por sobre el hombro, es un acto sumamente erótico que consigue los mejores resultados. Ambos se ponen la mar de cachondos.
–Lo único que dejo que haga –me explicó–, es jugar con sus manitas en mi cola. Puede acariciarme las nalgas o puede meter sus deditos allí, donde te imaginas y para que pueda hacerlo suelo echarme hacia delante luego de la rápida mirada sobre el hombro, y él entiende qué es lo que quiero, te juro que entiende perfectamente. En esos momentos disminuyo la intensidad de la cabalgada y relajo los músculos de la vagina, y me dedico a disfrutar del estímulo del dedo que acaricia la puerta prohibida de atrás. Por el contrario, si me tiendo hacia atrás, sabe que quiero que extienda sus brazos y los pase por debajo de los míos para acariciarme los senos.
–¿Y él obedece en todo?
–¡Vaya si obedece! –exclamó mi amiga, regocijada.
–¿Todas las veces?
–Todas.
–¿Y no da tedio hacerlo siempre igual?
–Monse –dijo, condescendiente, mi amiga–. Hay variantes . Ante el menor asomo de tedio, paso a otra variante.
Besos díscolos.