Para el hombre griego, la mujer era “un mal necesario”. Claro que para la mujer el matrimonio representaba una suerte de cárcel, y la única función que le era reservada era la de ser esposa y madre, que pudiese alumbrar hijos legítimos, futuros ciudadanos de la patria que perpetuarían el culto de los antepasados.
De este modo para la mujer griega, sin distinción de rango social, la casa era el lugar donde transcurría la mayor parte de su existencia y sólo existía una sola alternativa para no perderse en la oscuridad de la familia tradicional: transformarse en una hetaira.
Aunque moralmente este modo de vida era moralmente incómodo, económica y socialmente se transformaba en atractivo y grato, ya que la hetaira estaba a mitad de camino entre la dama de salón, culta y refinada, que sabía entretener a los hombres y la prostituta de lujo. Pero podía gozar de lo que le era negado a las “señoras de familia” de esa época: se les permitía disfrutar de su libertad y de su independencia económica.

Representación de una familia griega (cerámica roja del período clásico, siglo V a.C.)
La sexualidad en el matrimonio tenía por objetivo la procreación, así que las relaciones sexuales entre los cónyuges debían ser más bien esporádicas. El hombre siempre podía recurrir a las mujeres de vida fácil o a los efebos.
Las muchachas, como es de suponer, debían llegar vírgenes al matrimonio y una vez casadas seguían llevando en la casa del esposo la misma vida tediosa que habían padecido junto a sus madres, marginadas respecto de su marido y ocupadas en las cuestiones domésticas, con escasa libertad de movimiento fuera del hogar y residiendo en el gineceo, un espacio reservado exclusivamente a las mujeres, donde podían entretenerse tejiendo o haciendo como que no sabían que sus maridos estaban divirtiéndose con sus concubinas en la parte principal de la casa.