La imagen, elocuente de por sí, hallada en un vaso de figuras rojas, habla de la práctica del sexo grupal –ménage a trois–, pone en evidencia el hecho de que en Grecia las relaciones sexuales eran tratadas, en lo social y en la actividad artística, con absoluta naturalidad.
Y esto se explica teniendo en consideración el hecho que si la mujer le era infiel al marido, era causa inmediata de divorcio, si el marido así lo exigía, argumentando que el engaño de la mujer ya no podía garantizar la legitimidad de la descendencia.
Pero el marido podía no querer el divorcio.

Detalle en vaso de figuras rojas, Museo de Villa Giulia, Roma.
De tal suerte, si sorprendía a su mujer con otro hombre, podía exigirle al hombre una reparación. En materia de reparaciones los griegos eran tan interesados como creativos: bien podía elegir por una reparación en metálico, con la cual el infiel saldaba su deuda u otro tipo de reparación, más barata pero algo incómoda, pues el sorprendido amante debía someterse al ultraje que significaba que le fuera introducido, en público, un rábano en el ano.
Sólo un pequeño grupo de esposos celosos fanáticos y exaltados acérrimos pretendían dar satisfacción a su honor lastimado exigiendo la muerte del amante de la mujer.
Es de suponer, entonces, que debieron existir hombres que incitaban a sus mujeres a mantener relaciones sexuales con un hombre con el que tenían alguna rencilla personal para sacarle dinero, hacer que le metieran un rábano en salva sea la parte o, sencillamente, deshacerse del amante “sorprendido” en esas tareas.
Finalmente, y teniendo en cuenta la conducta del ser humano durante la historia de occidente, no debería sorprendernos la existencia de esposos que no sólo no pretendían divorciarse de la mujer, sino que tampoco querían ningún mal para el amante, precisamente porque les encantaba el sexo grupal.