Ron Jeremy: –¿Conoces toda la historia?
VS: –No. Anímate y cuéntamela, ¿a que no?
–Muy gracioso. ¡Je! ¡Setenta mil pavos de fianza! ¿Entendiste bien? Se-ten-ta-mil-pa-vos. Resulta que estoy en la comisaría, y cuando me pasan adentro, me meten en una celda especial, donde guardan a los que están procesando por cometer abusos sexuales. ¿Puedes imaginártelo?
–Es lo más apropiado. Siempre fuiste un trasgresor en materia de sexo.
–¡Pero no era para tanto! Ahí adentro había tipos realmente raros. De esos que violan chicos. Algunos viejos que iban a su audiencia judicial después de veinte o treinta años de condena. Como a los canas no les gusté, me metieron ahí. Y después empezaron con eso de: “¿Así que tú eres Ron Jeremy?”
–¿Y qué hiciste?
–Enronquecí la voz y dije: No, él es mucho más alto que yo y mucho más buen mozo también.
–Y seguramente te dieron la razón.
–Por suerte. Así pude zafar de la encerrona. ¡Uhh! No fue fácil. Tenía miedo hasta de ir al retrete. Imagínate que alguien me reconociera la picha...
–Y ese fue el momento cuando te hiciste pis encima...
–No. Esperé hasta que me cambiaron de celda. Me llevaron con todos los que estaban acusados de felonías menores. Borrachos, conductores loquitos, alborotados. Unos tipos encantadores que estaban de paso, por dos o tres días. Uno me mira cuando estoy meando y va y me dice: “¿Tu eres Ron Jeremy, eh? Y yo le contesto: “Claro”. Entonces se sorprendieron y me pidieron que les autografiara algunas páginas de revistas donde aparecía yo. Hasta había algunas páginas de la guía Video Sex .

–Seguro. ¿Y qué hay de lo que se dice que disfrutaste estar guardado?
–Disfrutar, lo que se dice disfrutar... no. Pero me lo pasé bastante bien. Cuando sirvieron la cena, los muchachos querían darme el postre. Me ofrecieron cigarrillos, pero yo no fumo. Al otro día, cuando mi abogado pagó la fianza y salí, les envié un montón de cartones de Marlboro y Winston.
–¿Las compañías tabacaleras te pagan para nombrarlas?
–¡Jamás! Eso constituye una infamia. Y en cuestiones de difamación es muy difícil aportar pruebas.
–¿Es verdad que cuando compraste los cigarrillos fue la primera vez que sacaste la billetera? Se comenta por ahí que cuando abriste la billetera, salió volando una polilla.
–Habladurías. La gente es mala y envidiosa y le gusta difamar. Cierto es que no me agrada mucho pagar. Me debilita. Cada vez que saco un dólar del bolsillo, la cara de George Washington se refriega los ojos y me dice: “¡Oh, no! ¡Me daña la luz del día!”
–Sos un amarrete. Ganás bien pero nadie se acuerda cuándo fue el último día que gastaste algo de dinero en artículos tales como jabón, toallas y ropa limpia.
–Absurdo.
(continúa)