Colección Voyeur

Miércoles 15 de Diciembre de 2004
Los amantes de la reina

Estimado lector: observa bien la ilustración –que a falta de fotografía es el retrato que queda de ella–, y dime si esta mujer, por más reina que fuere, podía tener amantes. No uno, varios. Tantos como pudo y que dieron de escribir posteriormente a todos los chismosos de la historia que, como yo, andan husmeando por allí a ver qué encuentran entre las sábanas de las señoras.
Isabel II nació el 10 de octubre de 1830, en una España profundamente dividida entre los partidarios de continuar o incluso aumentar el absolutismo monárquico de su padre, Fernando VII y los defensores de una reforma o de una ruptura significativa con el régimen absoluto.
Lo peor fue que, además de poco agraciada, recibió una educación corta en el tiempo, elemental en los contenidos y decididamente condicionada por su sexo y por una decidida concepción patrimonial de la monarquía. “Un rey nace, no se hace”, fue la máxima que guió su educación. Que es lo mismo que haberle dicho: “¡Mirá nena! Vos cualquier cosa, menos reina”.
La formación de Isabel se desarrolló en tiempo record: entre los seis y los trece años, cuando  fue declarada mayor de edad, consiguiendo nociones elementales de educación primaria: lectura, escritura, primeras reglas de aritmética y elementos básicos de geografía e historia, más pobres conocimientos de francés e italiano. Como era de esperar, sus pedagogos –o las monjas que la educaron–, pusieron la nota en la religión y las labores, las lecciones de canto, música y baile. Toda señorita que se preciara de tal, en aquella época, debía saber escribir: “Mis labores”, al terminar un trabajito por insignificante que fuere.

Isabel II declarada mayor de edad jura la constitución el 10 de octubre de 1843, grabado de A. Maurin, París, Biblioteca Nacional.

Sobre la vida privada de esta reina que no había nacido para reinar, se escribió hasta el hartazgo. Si bien es cierto que la vida privada de los monarcas nunca estuvo libre de sospecha ni exenta de incidentes similares, en el caso de Isabel II se convirtió en un modelo de cómo hacerle trizas la reputación a una mujer. Y no sólo entonces, sino hasta nuestros días.
¿Por qué? Muy simple: era mujer. Y puesto que no había más remedio de tolerarla como soberana de España se esperaba de ella que tuviera una conducta privada intachable, aunque media corte se tirara a la otra mitad, y sin importar que a los 16 años la habían casado con su primo –Francisco de Asís de Borbón–, un mozalbete petulante y engreído, a quien ella aborrecía, y en el cual encontró a su peor enemigo, el espía de todos sus actos y quien le arrebataría la legitimación de su derecho al trono. Carlista convencido y confeso, se dedicó a conspirar toda su vida contra su mujer y cuanto intento de golpe de estado, revolución o asonada hubiese contra ella, no sólo lo aceptaba, sino que lo favorecía.
Lo que no fue un obstáculo para que tuviesen nueve hijos, porque parece que el temperamento de la reina tenía sus bemoles. De los nueve, cinco vivieron y uno de ellos sería el futuro Alfonso XII, nacido en 1857.
Desde pequeña Isabel padeció una enfermedad de piel de cierta gravedad y en tal estado estaría a los treinta y ocho años (medítese acerca del aspecto de la mayor parte de las mujeres de la misma edad de hoy), que Benito Pérez Galdós la describió así: “Las formas abultadas, algo fofas, iban embotando su esbeltez y agarbando su realeza. Parecía distraída, inquieta y sus ojos, de un azul húmedo y claro, sus párpados, ligeramente enrojecidos, más expresaban el cansancio que el contento de la vida. Eran los ojos del absoluto desengaño, los ojos de un alma que ha venido a parar en el conocimiento enciclopédico de cuantos estímulos están vedados a la inocencia”.
En 1868, mientras se daba baños en una playa de Vizcaya, se dio el golpe de estado que se conoció como la “Revolución Gloriosa”, que la hizo abdicar y tener que exiliarse.
Pero Isabel II dejó su legado. Quizás su temperamento, su necesidad de amor y su anhelo de un genuino afecto, la motivó de tal manera que España, tras la muerte de Fernando VII entró, pese al disgusto de muchos, en el romanticismo. Pintores y escritores se lanzaron con entusiasmo por la senda de liberalismo que se abrió con la regencia y la sucesión.

 
Publicado por Simon a las 05:03

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