Nacido de la unión de Hermes y de la ninfa Oríope, Pan era una divinidad de los pastores y los rebaños, a la vez que un símbolo de la fertilidad todo lo que tuviese que ver con la naturaleza.
Mitad hombre, mitad macho cabrío, Pan usaba barba, lucía cuernos y se ornamentaba la testa con una corona de agujas de pino, porque debía parecerle elegante.
Dedicaba su tiempo a jugar todo el día en los bosques tocando un instrumento conocido como caramillo –de ahí que luego se lo llamara Flauta de Pan–, y tenía una peculiaridad realmente sorprendente: estaba dotado de una gran potencia sexual.
De tal modo que este bribonzuelo, además de jugar en los bosques, se daba una vueltita por los valles y por los montes, donde acechaba a las ninfas con las peores intenciones, y usualmente lograba poseerlas. No es difícil imaginar que su particular potencia en las artes amatorias le debía dar una gran resistencia y, especialmente una considerable persistencia.
Las Ninfas, encantadas ellas. Nunca he leído ningún testimonio de Ninfa alguna que se manifestara descontenta, por cierto. Así que debo suponer que estarían la mar de felices.
.jpg)
Pan con ninfas y músico, mosaico
El problema se suscitaba cuando Pan ya no se contentaba con esas juguetonas que se hacían las desprevenidas y se iban directamente a los valles y a los montes, precisamente porque les decían que allí las esperaba él. La controversia se establecía porque, siempre dispuesto, Pan también atacaba a los muchachos o a las muchachas, sin hacer diferencias.
Seguramente las niñas adoptarían esa actitud propia de mujer sorprendida, abrir mucho los ojos, fruncir la boca en forma de corazón, y exhalar un leve “¡Oh!” remedando la estupefacción, para después dejar que ocurra lo que, inevitablemente, debía suceder.
Pero como los efebos parecían más reacios a que el macho cabrío los sorprendiese, éste los galvanizaba, imposibilitados de moverse, asustándolos por los gritos que daba a voz en cuello.
Veamos... háganse la idea de un muchacho volviendo a su hogar, maltrecho, luego de haber tenido que aguantar los reiterados asaltos de Pan, tambaleante y aún ebrio de placeres, teniendo que dar explicaciones sobre qué era lo que le había ocurrido.
Entonces era cuando, para evitar la reprimenda, afirmaban haber sentido el “terror pánico” esto es, haber percibido el miedo a Pan, que los había obligado a hacer aquello que, de seguro, eran incapaces de reconocer en público, pero anhelaban volver a repetir en privado.
Así que, lectoras y lectores, ya saben: cuando alguien de vuestro conocimiento asegure haber padecido un ataque de pánico... mírenlo a los ojos y sabrán, sin lugar a dudas, en qué anduvo el/la muy picaruelo/la. ¿A que sí?
Hasta la próxima.