En Esparta, igual que antes en Creta, cada adolescente que ingresaba al ejército –naturalmente integrante de una familia noble–, convivía dos meses con un soldado veterano durante los cuales recibía de éste instrucción militar... y algo más.
El recluta era iniciado por el veterano en el amor viril.
Y no es que los veteranos fueran unos aprovechados de su experiencia en combate y los nuevos reclutas todos lelos que no sabían de qué iba la vida en la milicia.
Al término de ese período de instrucción, el recluta efebo recibía, de manos de su veterano instructor-amante, una armadura y su escudo. Y en solemne ceremonia era introducido en el selecto círculo de los kleinoi, los militares de carrera adultos con rango.
A tal punto era importante esta iniciación y la relación entre los amantes, que Sócrates parece haber comentado con sus discípulos que un ejército que se pudiera llamar indestructible, debía estar formado por parejas de amantes varones, puesto que tendrían la motivación más grande para defenderse mutuamente en combate.

Leónidas en Las Termópilas (detalle), por Jean-Louis David,
Museo del Louvre, París.
Un ejemplo de esta práctica fue el Batallón Sagrado de Tebas, formado por trescientos hombres que combatían en parejas y que, opinan los estudiosos de la historia militar antigua, se transmitían el valor del guerrero mediante la práctica de la penetración anal.
Organizado por Górgidas aproximadamente en 376 a.J.C., la formación del Batallón Sagrado parece haber sido idea de los legisladores tebanos, que propiciaban el vínculo que potenciaba la unión que existía entre sus componentes.
La idea era que cada guerrero defendiera a su compañero hasta la muerte, si fuere necesario, sin que se le cruzara por la cabeza deshonrarlo con su cobardía.
Para formar parte de este cuerpo militar de élite, los soldados elegidos debían pasar la noche anterior al combate con su pareja, penetrándola y dejándose penetrar, y mediante un rito especial encomendándose a Ares , el poderoso dios de la guerra.