Aunque no existen demasiados documentos dignos de crédito que prueben todo lo que se ha escrito sobre él, –la mayoría fueron redactados por escritores pagados por sus enemigos italianos y españoles y, por lo tanto, poco fiables–, es posible que el valenciano Rodrigo Borja –que italianizó su nombre a Borgia–, el joven cardenal quien el 11 de agosto de 1492, en el cuarto escrutinio fue elegido Papa, adoptando el nombre de Alejandro VI, haya tenido una vida desenfrenada y licenciosa en su juventud. Pero cambió esta conducta cuando se enamoró e inició una relación con la hermosa cortesana Vannozza Cattanei, quien le daría cuatro hijos carnales: César, nacido en 1475, Juan, en 1476; Lucrecia, 1480 y Jofre, nacido en 1481.
Mujer hermosa en su juventud y muy inteligente, compartió con el fogoso Rodrigo no sólo el lecho sino sus pensamientos más íntimos en cuestiones no sólo terrenales y llegó a darle importantes consejos que él aceptaba y correspondía con gratitud.

Vannozza, mujer práctica y realista, que supo moverse y manejar muy bien los resortes del poder y cuando con sorprendente perspicacia advirtió que su tiempo estaba terminando, no dudó ni un instante en dejar lugar a la nueva amante –Julia Farnesio–, que ella misma eligió y sugirió para que se ocupara del Papa, consciente que luego de diez años de relación, la pasión que había desatado en el impulsivo Rodrigo, había terminado por enfriarse.
Cuando aún era cardenal, Rodrigo había engendrado otro hijo de madre desconocida, que nació en 1462 y que fue reconocido con el nombre de Luis.
Parece cierto, sin embargo, que pese a la separación Rodrigo siguió admirando sinceramente a Vannozza, con quien quedó unido por una profunda y genuina amistad, amén de asegurar su vida con una más que considerable renta, que la cortesana no rechazó y le permitió vivir holgadamente hasta su muerte.