Tentado estoy, de seguir reproduciendo fragmentos del estupendo libro del autor de ?El Padrino?, que fue terminado por Carol Gino, compañera de Mario Puzo, después de su muerte.
Pero rechazo la tentación, y escribiré la historia con mis palabras a partir del sugestivo relato de ?Los Borgia? ?mea culpa?, y de otros textos de historia.
De Alejandro VI puedo decir que ?en mi humilde opinión?, debió haber sido el maestro del ?marco teórico?, al punto de creer ?si así se sucedieron los hechos en la realidad?, que el mundo era tan artero, tan lleno de traición, que sólo en el palacio que habitaba, privativo del representante de Dios en la Tierra ?él mismo, claro?, sus hijos podían sentirse libres y bajo su protección para aprender a conocer los placeres carnales, que los ayudarían a afrontar una vida llena de penas y tribulaciones.
Puedo imaginar a Lucrecia, tendida en el amplio lecho, entre sedas y linos, desnuda y virginal, riendo como la chiquilla que era, nerviosa y asustada, y quejándose a su padre cuando su hermano se montó sobre ella y, con la torpeza propia de la inexperiencia, debió haberla querido penetrar sin más trámites.
Pero allí debió estar Alejandro VI, el Valenciano, amante de muchas mujeres, hombre experimentado, tortuoso, pragmático y despiadado, dado a los placeres de todo tipo, listo para guiar a sus hijos en el trance.
Lo puedo imaginar enseñándole a César cómo debía acariciar los tiernos pechos casi infantiles de su hermana, cómo besar su piel, cómo llevarla hacia ese grado de excitación en el cual el temor al dolor de la penetración desaparece y sólo persiste la más pura y genuina pasión.

Como en una película casi puedo ver a la bella joven, la respiración agitada, el rostro congestionado y los ojos entrecerrados, franqueando la entrada de su cuerpo hasta ese momento virgen, dejando a su hermano penetrarla. La imagino temblando como una hoja azotada por el viento, gimiendo por la mezcla de dolor y placer, el corazón que amenazaba con salírsele del pecho a medida que César la tomaba.
El alsaciano Burchard, maestro de ceremonias del Vaticano, dejó para la posteridad una obra ?el Diarium?, en la que recogió todos los rumores y los hechos verdaderos de los Borgia, como lo fue por ejemplo el baile de la Noche de Todos los Santos de 1493, conocido como ?el baile de las castañas?, durante el cual (en opinión y testimonio del autor), Lucrecia en medio del frenesí de la danza, fue poseída por su hermano y por su padre, aunque hay que aclarar que los enemigos de los Borgia describían al mismísimo Burchard como un ?obseso sexual?.
Pero parece no existir duda que Alejandro VI, en la realidad, no sólo propició sino que presenció y ayudó, más o menos como lo describiera antes, en la desfloración de su hija más querida.