Uno de los escritores y cronistas más famosos de la época, fue Sannazaro, autor de la obra Arcadia, que fue quien introdujo y afianzó la idea –¿el mito?–, de la vida depravada de Lucrecia Borgia, a partir del hecho real que constituía el ser la hija ilegítima de un Papa, y asegurando que durante su vida cometió adulterio con varios cortesanos y mantuvo relaciones incestuosas con sus hermanos y con su propio padre, asistiendo sola o con ellos a innumerables orgías y bacanales.
Pero fue con César Borgia, su hermano, tal como se relatara en las notas anteriores, con quien los autores se ensañaron, y pusieron énfasis en la crueldad y la posible demencia de éste, a quien se lo conocía como La Bestia Negra.

La imagen de César Borgia, pues, queda instaurada como la de un hombre demente, terrible y cruel, cegado por la ambición del poder y el deseo antinatural por su hermana Lucrecia.
Como político y militar, César fue brillante. Conquistó los territorios de la Romaña, sumándolos a los del Vaticano, además de vencer a Milán y a los napolitanos, hechos que lo convierten en uno de los precursores de la unidad de Italia.
Parece haber sido él quien ordenó dar muerte a su propio hermano –Juan Borgia–, acuchillándolo y arrojándolo al Tíber, movido por su ambición desmedida. También aparece como responsable de haber dado muerte a su cuñado, Alfonso de Aragón, marido de su hermana, movido por los celos enfermizos y el deseo carnal que sentía por ella.
En el primer intento de asesinato, fracasó precisamente porque Lucrecia había decidido vigilar ella misma al herido en sus habitaciones del Vaticano, llegando a prepararle la comida para que no corriese peligro de envenenamiento.
Pero en el segundo intento, César parece haber logrado ingresar a la habitación para sacar a su hermana por la fuerza, y luego ordenar que se estrangulase al herido.
Mario Puzo termina así, el capítulo en el que describe la desfloración de Lucrecia: “César sonrió. Al mirarlo, el Papa Alejandro vio un brillo en sus ojos que lo asustó. No había prevenido a su hijo de la amenaza del amor; el verdadero amor llena de poder a la mujer y pone en peligro el alma del hombre. Y, ahora, podía sentir que aunque esa unión hubiera sido una bendición para su hija, aunque hubiera fortalecido los lazos de los Borgia, algún día podía convertirse en una maldición para César”. (Op. Cit, pág. 60 ).