En su juventud el emperador Adriano –a quien se debe la construcción del famoso “muro del Norte”, en Brittania, era conocido como Graeculus, “el pequeño griego”, puesto que era vox populi y por los ciudadanos conocido, su gusto y preferencia por los jóvenes bellos, musculosos y bien formados.
Obligado a contraer enlace con Vibia Sabina, no tuvo un matrimonio bien avenido. La mujer acostumbraba a beber pócimas e ingerir hierbas para prevenir el embarazo, y explicaba a quien quisiera escucharlo, que era porque sentía miedo de “... traer al mundo algo semejante a mi esposo”.

La relación de la pareja era a tal punto desastrosa, que en una ocasión cuando Sabina y su marido se disputaron a uno de los “protegidos”, Adriano le recriminó a ella que pudiera ser capaz de semejante atrevimiento.
De todos los emperadores romanos, Adriano fue el primero que se dejó crecer la barba, costumbre considerada propia de “bárbaros” hasta el momento.

Su amante más querido fue el bellísimo Antínoo, a quien el emperador vestía de mujer y, cuando el joven murió repentinamente, hizo que lo deificaran. No contento con eso, in memoriam del bello efebo, construyó la ciudad de Antinópolis, en homenaje a su desaparecido amante.
Aunque nunca pudo superar la trágica desaparición de su preferido, el emperador en su vejez, estropeada su salud por varias enfermedades y menguada su potencia por los achaques, buscó consuelo a su tristeza manteniendo a una sucesión de jóvenes escogidos entre los más bellos y fuertes, hasta su muerte.