Apodado Calígulae (botitas) por las tropas que comandaba Germánico, su padre, Cayo César Augusto Germánico desde su más tierna infancia mostró signos de serios trastornos de conducta, tirando a la perversión.

Drusila, su hermana preferida, parece haberlo iniciado en el sexo ni bien estuvo en edad para ello, ya que desde que era un niño solían dormir juntos. Con el paso del tiempo, el futuro emperador de Roma también mantendría relaciones sexuales incestuosas con sus otras dos hermanas, en trío con su esposa Cesonia (una de las mujeres más depravadas de Roma) y con Drusila, y homosexuales con numerosos jóvenes y muchachos.
Es posible que Drusila haya muerto joven debido a los excesos a que la sometía su amadísimo hermanito. Como sea, parece haber sufrido mucho su muerte y a partir de entonces su locura excedió el punto de no retorno. Cuando su hermana falleció, ordenó suspender todos los actos pública y familiares y mientras duró el período de luto impuso la pena de muerte a todos aquellos que se bañaran, se sentaran a comer en familia o, simplemente, esbozaran una sonrisa.

Escena de un ménage a trois con su esposa Caesonia y su hermana Drusila,
del film “Calígula” de Tinto Brass y Bob Guccione.
Entre sus diversiones preferidas –además de pelearse y amenazar a la estatua de Júpiter Tonante en el Capitolio, por considerarse una deidad superior a él–, estaba la de disfrazarse, vestido como Afrodita, maquillarse como una prostituta, y salir a vagar por las calles de la ciudad, sin que nadie conociera su verdadera identidad, ofreciéndose a los jóvenes por unas monedas.
Según sus propias palabras, le daba gusto la idea que Roma hubiera tenido un cuello de mujer, para poder cortarle la cabeza de un solo tajo y violarla mientras la sangre manaba del cuerpo.
Fue asesinado por un complot preparado por el jefe de la guardia pretoriana, Caso Querea, en el año 41.
Vale la cita del capítulo que Indro Montanelli le dedica a este emperador que empezó su mandato siendo el niño amado por el pueblo y terminó imponiendo un régimen de terror sujeto a los caprichos de su crueldad y su locura: “... Pero Roma ya era esto: la capital de un imperio donde al desenfrenado satrapismo no cabía más alternativa que el regicidio, y para los regicidios hacían falta los mercenarios. Los romanos no sabían ya, ni matar a sus tiranos”.