Aunque sus orígenes son míticos, Heródoto dijo de ellas en el siglo V a.C. que eran jinetes expertas, amantes de los placeres sexuales, cazadoras, madres ejemplares con las hijas mujeres y dispuestas a abandonar a los que nacían varones.
Se cree que, de haber existido, tenían su asentamiento en el Asia Menor, en las tierras ubicadas entre el Mar Negro y el Cáucaso, a orillas de la margen izquierda del Danubio –territorios que actualmente pertenecen a Turquía y Bulgaria–, y tenían por dioses a Ares el dios de la guerra como padre y como madre a Artemisa, la diosa de la caza y de los bosques.
Según el mito, que se mezcla con la historia, las Amazonas recurrían a los hombres –aunque mostraban una especial predilección por la práctica de la sexualidad–, sólo para la procreación, y cometían infanticidio con los pequeños que nacían varones, conservando sólo a las hembras.

Detalle del Sarcófago de las Amazonas, siglo IV a.C.
Künsthistorisches Museum, Viena
A las niñas, desde la infancia, las entrenaban en la caza y en el arte de la guerra y en este sentido, y para facilitarles el manejo del arco, se les amputaban el seno derecho, conservando sólo el izquierdo para que pudiesen amamantar luego de parir. De esta costumbre nace la conjetura que, en griego, “amazona” significa “sin seno”, aunque posteriormente esta interpretación haya sido reemplazada por la de origen asiático que atribuye el nombre al significado “todas mujeres”.
Sorprendentemente hábiles en el uso del arco, invariablemente combatían montando a caballo y provistas de escudos en forma de media luna llamados peltas, y hachas de doble filo que usaban con letal precisión.
Un detalle muy importante: el hombre no sólo les servía para la procreación. También los mantenían en cautiverio para que cumplieran funciones domésticas, con lo que resultaron ser precursoras en materia de ciertas costumbres y prácticas cotidianas, anticipándose en un cuarto de milenio a nuestro propio tiempo.