En los orígenes de Roma una de las matronas más importantes y conocidas era la esposa de Colantino, una bellísima mujer llamada Lucrecia.
Sexto, hijo del rey Tarquino el Soberbio, prendado por la belleza de Lucrecia se enamoró perdidamente de ella y una noche, atormentado por el deseo y la pasión no correspondida, decidió entrar en las habitaciones privadas de la mujer y, si fuera necesario forzarla a que se entregase a él.
Sorprendida en medio del sueño, Lucrecia resistió el asalto de su violador quien la amenazó con matarla y también matar a un esclavo, cuyo cadáver colocaría luego a su lado para aumentar la deshonra de su marido y su familia, si ella no aceptaba entregarle su cuerpo.

Tarquino y Lucrecia, de Tintoretto (detalle)
Ante tal amenaza, Lucrecia se sometió a Sexto, pero entregó su cuerpo sin disfrutar del acto, tal como lo demostraría a la mañana siguiente.
En efecto, cuando todos estuvieron levantados la mujer reunió a todos los miembros de su familia, les relató lo que había ocurrido, admitió haber sido violada bajo amenaza y, como la afrenta a su virtud fuera en extremo intolerable para una mujer noble, se suicidó delante de todos, atravesándose el corazón con un puñal.
Ante lo sucedido, la familia de Lucrecia juró tomarse venganza por la afrenta, y esta venganza fue el origen de la caída de la monarquía en Roma.