Recuerdo aquel 21 de mayo de 2004 cuando el tío del que os voy a hablar, me endilgó la tarea de escribir el blog de bienvenida. Ese día, empecé a conocerle –y, ¿a qué negarlo–, a respetarlo y a quererle.
–Oye, Monse –me dijo Simón hace unos días–. Tú le pusiste el mote, es justo que seas tú quien lo haga.
Así fue como los integrantes de esta editorial decidieron, por unanimidad, que fuera yo quien me hiciera cargo del texto de este día tan especial.
Y heme aquí, aporreando el teclado a contrarreloj, para hablaros de él.
Solemne como una estatua, obstinado cual chino negociando, por momentos intransigente, testarudo como niño con pataleta, inexpugnable cuando se pone de malas; si se lo quiere forzar se torna irreducible y duro de molleras. Es dueño de una tenacidad de miedo, y su persona despierta amores y odios sin medias tintas ni grises. Cuando se enfada, gruñe como un mastín y parece más temible que un Dogo.
Generoso con sus conocimientos, todos hemos aprendido de él lo que significa enseñar sin reticencias. Paciente hasta la exasperación, nos ha explicado una y otra vez lo mismo, con voz suave y persuasiva, utilizando el ejemplo que, según sus propias palabras, siempre clarifica.
No ha exigido lo que él no es capaz de hacer ni pedido lo que intuye que no podemos dar.
Le hemos visto pasarse las horas y los días en su sillón –que alguien bautizó “mefistofélico”–, inclinado sobre traducciones, correcciones y originales, hasta que quedaron lo que en su escala de valores él considera presentable y el resto de los mortales, perfecto.
Le miramos de soslayo esforzarse en enseñarle a una petulante aprendiz de poeta, que los puntos y las comas van donde van, y no donde está de moda, porque para eso existen y fueron inventados: para marcar el ritmo, dar cadencia y engalanar el texto.
Y luego, una vez conseguido que el/la pretencioso/a de turno entrara en razones, le vimos correr como un poseso y esmerarse hasta el límite de la perfección, para conseguir un libro digno de ser leído y disfrutado.
Con la actitud propia del metomentodo, y con la obsesión de quienes aman su trabajo y respetan el de sus semejantes, no ha dejado original sin corregir, traducción sin supervisar, y diseño gráfico sin mejorar. Cuando da una orden, la precede con un “por favor” y no acostumbra dar consejos, pero sugiere y sugiere bien.
Regañón como parece ser, esconde debajo de esa actitud la ternura de un amante. Sus manos, delicadas, vuelan sobre el teclado cuando lo asaltan las ideas y no deja de moverlas ni siquiera con calambres.
Con él aprendimos; y en buena medida por su dedicación este sitio comenzó a crecer. Y no dejará de dar la lata hasta que se logre la excelencia que él le pone a su labor.
Rara vez le hemos visto bromear aunque tiene un irónico sentido del humor. Excepcionalmente le vimos reír que era un contento y, por lo menos una vez, percibimos que estaba triste, muy triste, cargando un dolor muy grande, la vista perdida en el ventanal que da al parque, los ojos húmedos reteniendo lágrimas. Pero no le vimos claudicar ni lamentarse, como esos quejicas que tiran la piedra y esconden la mano. Frontal como es, le hemos visto afrontar la adversidad con la entereza de los auténticos valientes, esos que pueden admitir, que sienten miedo.
En una sola oportunidad, me aventuré y cuando le pregunté si le ocurría algo, sólo obtuve por respuesta: “He conocido tiempos mejores”.
Juro que en mi vida había visto a un hombre que conservara con tanta devoción a sus libros y, cuando los carga, los lleva con el brazo recogido como protegiéndolos, cerca de su corazón.
En su escritorio, sobre la biblioteca que está a su lado con los libros más consultados, un cartel que alguien muy lúcido le regaló en el pasado, anuncia sin ambigüedades para quien quiera enterarse, cómo es el hombre que os está entrevistando: “Aquí vive –reza el texto en el interior de una flecha roja que apunta hacia abajo–, un ser gentil y bondadoso, tierno, alegre e inteligente... pero muy nervioso”.
Es nuestro director editorial, el mismo a quien le colgué el mote de El Gran Cabronazo ese primer día de esta sección y hoy, señoras y señores, amigos lectores, vecinos y parientes, es el día de su cumpleaños.
Por eso aquí, en esta nueva jornada, nuestro Director General, Simón Paterson, Silvia Bonasi, nuestra secretaria, nuestro mandadero, Jimmy (ese mozalbete travieso) y yo , queremos darle una sorpresa a esa hombre de alma noble y corazón blando; inteligente, cultivado, propietario de un sentido común a prueba de balas, de una generosidad inusual, de una humildad disfrazada y agradecido con la vida y las personas; artesano del honorable oficio en el arte de la escritura y la edición, lector contumaz, historiador por disposición, amante de la filosofía y, por lo demás, un buen compañero de trabajo.

Queremos desearle felicidad en su día y que se cumplan todos sus anhelos, y obsequiarle esta torta –y una de verdad, que han preparado para él–, para que cuando sople las velitas y pida sus tres deseos, pueda tener la certidumbre que sus sueños están muy cerca de transformarse en realidad. Ese, es nuestro más sentido deseo, desde el corazón.
Y también que vosotros, queridos lectores de todos los días, le dejéis en el casillero, también el vuestro.
Tened por seguro que lo hará feliz y él, no lo olvidará mientras viva.
Monserrat Borrás