Colección Voyeur

Lunes 14 de Febrero de 2005
Los amores galos

Hemos comentado en otra nota que Julio César se había ganado la fama de ser “el hombre de todas las mujeres y la mujer de todos los hombres”, y de su insaciable apetito en el arte de amar por igual a hombres y mujeres, cualidad que no aprendió con Cleopatra, precisamente.
Mucho antes que la célebre reina de Egipto entrase en su vida, y cuando Julio era un mozalbete alto, dueño de unos ojos oscuros de penetrante mirada, apuesto y muy guapo y dueño de una belleza que se describiera como casi femenina, tuvo un affaire poco conocido.
El rey de Britinia, que había perdido la cordura por el joven romano, lo persuadió que se convirtiera en su amante, cosa que Julio aceptó sin más trámite. Pasaron a la historia las fiestas que, en su honor, celebraba el rey, durante las cuales lo vestía y lo maquillaba como a una muchacha y luego se dedicaba a poseerlo y dejarse poseer a su vez.
Ambos, según parece, eran binorma, por llamarlo de alguna manera y, por favor, nadie se ofenda, que no es nuestra intención abrir ningún juicio al respecto.

En su madurez, uno de sus grandes amores fue el jefe Vercingétorix, líder de las sesenta tribus más aguerridas de la Galia, a quien derrotó en la batalla de Alesia en el 52 a.J.C..
Rechazado por el bello gaélico, y no una vez sino en varias ocasiones, quizás despechado por las reiteradas negativas, Julio se irritó y lo mandó ejecutar.
Pero, coqueto como era, ordenó que primero le cortaran su larga y rubia melena, con la que –según algunos cronistas–, se habría hecho una peluca, muy de moda por aquellos tiempos y no sólo entre mujeres sino también entre los hombres.
La historia de la famosa peluca del galo puede ser cierta, porque si algo lo sacaba de las casillas al futuro Imperator de Roma, era su prematura y cada vez más acusada calvicie.

 
Publicado por Simon a las 05:00

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