Heliogábalo adoraba las fiestas de casamiento, por lo que en una ocasión realizó un complicado ceremonial en Roma, donde la deidad priápica Baal fue casada simbólicamente con Juno, la diosa de los fornicadores y las rameras. En otra oportunidad, y en la celebración de la diosa Flora –deidad de las flores que están a punto de abrirse–, realizó una orgía en la cual se utilizaron miles de flores, que formaron un verdadero colchón entre los participantes.

The Roses of Heliogabalus, Sir Lawrence Alma Tadea
Solía besar los genitales y practicar la fellatio a sus efebos preferidos a quienes les depilaba el pubis y el escroto, con la misma navaja con la que él se afeitaba diariamente.
No respetó siquiera al Senado Romano, al que convocó en pleno para una sesión especial –para la ocasión del casamiento profano de Baal con Juno–, y celebró ritos obscenos en honor de su dios, sacrificando animales y muchachos.
Los jóvenes eran mutilados vivos. Se les cortaba el pene y los testículos y los falos seccionados eran presentados a Elagábalo, que los arrojaba a una pira para sacrificarlos al dios.
Fascinado por la idea de castrarse, o de realizar la operación, Heliogábalo ofreció una recompensa inmensa al médico cuya destreza fuera suficiente para transformarle en mujer, introduciéndole una vagina en el cuerpo. No pudiendo hallar a ningún cirujano que quisiera intentar el proyecto, se vio obligado a sustituirlo por la circuncisión, que estaba muy lejos de ser el remedio para su feminización quirúrgica.
Como otros emperadores romanos anteriores, solía vagabundear por las calles de la ciudad, después de caída la noche, disfrazado como mujer, ofreciendo su cuerpo a los desconocidos para el intercambio físico. A veces, visitaba los burdeles, revelaba su identidad, mandaba expulsar a las prostitutas, y contentaba a los clientes.
Pero como en algunas ocasiones no podía salir –por su propia seguridad–, estableció un burdel especial en el palacio donde, ataviado como mujer, estaba en el umbral y solicitaba, intercambio sexual con los que pasaban por el corredor.

Cuando se enamoró de ese esclavo de colosal estatura llamado Hieracles, igual que lo hiciera antes Nerón, ordenó otro casamiento, en el que él sería la mujer que se uniría al esclavo. Acto seguido, y ante todos los presentes, se prestó a una impresionante escena de “desfloración” y “luna de miel”.
Tal como es dado imaginar, sus excentricidades no se limitaban al goce indiscriminado de los placeres sexuales. Con la comida, era igual o peor. En sus costosos banquetes, presumía de no haber bebido dos veces en una misma copa, ya fuera ésta de oro o de plata, y uno de sus platos preferidos eran las lenguas de flamenco rosa –excesivamente costosas–, que en uno de sus banquetes sirvió a sus invitados en una cantidad que los historiadores estiman en más de mil quinientas. (Continuará)