Luego de su antinatural casamiento con el hermoso esclavo Hieracles, el emperador Heliogábalo acabó realmente tiranizado por este ardiente gigante, siéndole fiel, de acuerdo con su estado, y efectuando los deberes domésticos así como los eróticos de una buena esposa. Pero fue su grotesca pasión por Hieracles lo que selló su destino.
Claro que su amor por el esclavo no le impedía satisfacer otros caprichos. La Historia Augusta –que está sospechada de haber recogido muchas falsedades acerca del joven emperador–, relata el hecho de Aurelio Zótico –hijo de un cocinero del palacio–, también gozó de un poder desmesurado y se ordenó a todos los súbditos que lo respetaran como si se tratase del marido del emperador.
Heliogábalo le había echado el ojo al hijo del cocinero por lo bien dotado que estaba, y solía exclamar: “¡Trabaja, cocinero!”, cuando se dejaba sodomizar por el joven.
Antes de concebir la fantástica idea de abdicar en favor Hierocles, éste sintió celos por el hijo del cocinero, y acto seguido comenzó a agregarle una poderosa droga al vino, a fin de menguar la potencia sexual de Zótico que por fin, una noche, no pudo conseguir una erección que dejara satisfecho al emperador. Inmediatamente fue desposeído de los honores recibidos y enviado al exilio.

Hieracles, volvió a gozar del máximo poder. Y de haber continuado “el juego” por el cual Heliogábalo se convertía en mujer del esclavo, para reinar como emperatriz, le habría convertido de hecho en emperador.
Esta fue la gota que faltaba para derramar el agua. Después de cuatro todo tipo de excesos –fanatismo religioso, crueldad y asesinatos–, y que el proceso de orientalización del imperio se afianzara cada vez más, mientras Heliogábalo daba cada vez mayores muestras de perversiones sexuales –realizando multitudinarias orgías en palacio, mientras su gente de confianza alcanzaba las más altas cotas de corrupción–, su abuela Julia Maesa (verdadera reina en la sombra), comprendió que su perverso nieto no era el más apropiado para perpetuar la dinastía, ya se había ganado la hostilidad del Senado, el pueblo y los pretorianos.

Alejandro Severo, moneda romana
Entonces lo obligó a adoptar a su primo Alejandro Severo y a nombrarlo César, convenciéndole así que tendría mas tiempo para adorar al dios Sol.
Pero Heliogábalo era sodomita, no idiota. Aunque de principio aceptó la sugerencia de su nonna, pronto se planteó asesinar a su primo. Y es que no le gustaba que Julia Mamaea –la madre–, se ocupara de su educación no permitiéndole a él influir en el muchacho, que tuvo que ser protegido junto a su abuela, Maesa, por la guardia pretoriana.
Y fueron los pretorianos –quizás a instancia de la abuela Maesa–, quienes le ofrecieron salvarse si compartía el trono con su primo. Aunque en un primer momento aceptó pronto volvió a urdir su asesinato.
Finalmente, convencidos que el perverso emperador no cambiaría, los jefes de la guardia pretoriana nombraron emperador a Alejandro y el 6 de marzo del 222 tomaron al asalto el palacio y asesinaron a Heliogábalo, en las letrinas del palacio, junto a su madre Julia Soemias, tanto o más detestada que él mismo.
Sus cadáveres fueron arrastrados por las calles de Roma y arrojados al río Tiber, que a esa altura de la historia de Roma, ya era el sepulcro de cientos de miles de cadáveres.
Sic transit gloria mundi .