Colección Voyeur

Jueves 24 de Febrero de 2005
Un viaje a Marruecos

?Me encontré con las mujeres árabes que se dirigían al baño. Siempre iban en grupos y llevaban un cambio de ropa en una canasta sobre la cabeza. Caminaban con sus velos y se reían, enseñaban solamente sus ojos y las extremidades de sus manos, decoradas con hena, sostenían sus velos. Parecían pesadas y llenas por sus faldas inmaculadas y sus cinturones cargados de bordados, como las almohadas en las que les gustaban sentarse.
?Eran carnes pesadas que se movían en telas blancas, nutridas de dulces y de inercia, de miradas pasivas detrás de las ventanas con reja. Era uno de sus pocos momentos de libertad, una de las pocas veces en que aparecían en la calle. Caminaban en grupos con sus sirvientas, sus hijos y sus bultos de ropa limpia, se reían y platicaban y arrastraban sus pies en babuchas bordadas.
?Las seguí. Cuando entraron en el edificio cubierto de azulejos junto a la mezquita, entré con ellas. El primer cuarto era amplio, cuadrado, todo de piedra, con bancas de piedra y tapetes en el suelo. Aquí las mujeres dejaron sus bultos y empezaron a desvestirse. Era una ceremonia larga por tantas faldas y camisas, cinturones que parecían vendas, tanto percal blanco, lino, algodón que desenrollar, desplegar y plegar otra vez en la banca. Luego había que quitarse las pulseras, los aretes, las ajorcas de tobillo y luego desenrollar el largo cabello negro de las cintas trenzadas en el pelo. Tanto algodón blanco caído en el suelo, un campo de pétalos blancos, hojas, cintas que se habían quitado estas mujeres carnales, y mientras las estaba viendo sentí que nunca podrían estar realmente desnudas, que todo lo que llevaban puesto tenía que adherirse a ellas para siempre, crecer con sus cuerpos. Yo ya me había desvestido y esperaba de pie, porque no deseaba sentarme desnuda en la banca de piedra. Ellas aguardaban a que las criadas africanas luego de desvestir a los niños hicieran lo mismo.

Anaïs Nin, Fragmento de Los Diarios, 1934-39, volumen publicado en 1967.
La selección corresponde a abril de 1937. Traducción de Agnès Mérat.

?Nos esperaba una vieja, totalmente arrugada y con un solo ojo. Sus senos eran dos calabazas vacías que colgaban hasta la mitad de abdomen. Llevaba una arpillera alrededor de la cintura. Me dio un golpecito de aprobación en el hombro y sonrió. Señaló mis uñas y dijo algo que no entendí. Sonreí.
?Abrió la puerta del vapor, otro cuarto cuadrado, amplio, todo de piedra gris. Pero allí no había bancas. Todas las mujeres estaban sentadas en el suelo. La vieja llenó varias cubetas de agua en una de las fuentes y a veces vertía una sobre las que se habían enjabonado. El cuarto se llenó de vapor. Las mujeres se sentaron en el piso, tomaron a sus hijos entre sus rodillas y los tallaron. Luego la vieja echó una cubeta de agua sobre ellos. Esa agua corría por todos lados a nuestro alrededor, y era sucia. Estábamos sentadas sobre arroyos de agua sucia, jabonosa. Las mujeres no tenían prisa. Usaron el jabón, luego un pedazo de piedra pómez, y luego utilizaron cera depilatoria con mucho cuidado y concentración. Todas eran enormes. La carne se ondulaba, se doblaba, se plegaba en unas tremendas y pesadas olas. Parecían sentadas en almohadas de carne de todos los colores, desde la pálida piel de los árabes del norte hasta la piel africana. Yo estaba asombrada de ver que podían levantar esos brazos tan pesados para peinar sus largos cabellos. Vine a verlas porque la belleza de sus rostros era legendaria y en nada exagerada. Tenían rostros realmente hermosos, enormes, ojos como joyas, narices rectas, nobles, un espacio amplio entre los ojos, bocas llenas y voluptuosas, piel perfecta y un porte siempre majestuoso. Sus rostros asemejaban a una estatua mas que a una pintura, por sus líneas tan claras y puras. Me senté a admirar sus rostros, y de pronto me di cuenta de que me miraban. Se sentaron en grupo, me observaron y sonrieron. Me explicaron con mímica que debía lavar mi cara y mi pelo. Era difícil explicarles que deseaba apresurar el ritual porque no me agradaba estar sentada sobre aguas sucias. Me ofrecieron la piedra pómez después de haberla usado largamente sobre sus cuerpos voluminosos. Lo intenté pero me irritó la cara. La piel de las mujeres árabes era más dura. Las mujeres platicaban en círculos mientras se lavaban y lavaban a sus hijos. No pude lavarme la cara con el jabón que todas habían usado para sus pies y axilas. Se burlaron de una mujer europea que desconoce las reglas de la limpieza.
?También quisieron quitarme vellos superfluos de las cejas, las axilas, y rasurar mi pubis. Al final logré escaparme al siguiente cuarto donde me rociaron cubetas de agua fresca.
?Quería ver a las mujeres árabes vestidas otra vez, escondidas en metros de algodón blanco. Cabezas tan preciosas habían emergido de esas montañas de carne, cabezas de una perfección increíble, ojos deslumbrantes, fuertemente orlados, rasgos sensuales. A veces unos ojos verde musgo en una piel oscura de Siena, a veces unos ojos negro carbón en una piel pálida como claro de luna, y siempre el largo y pesado cabello negro, las trenzas onduladas. Pero esas cabezas emergían de masas de carne amorfa, flotando como plantas en el mar, hinchadas, oscilantes, los senos cayendo como anémonas, los estómagos boyantes de mujeres siempre embarazadas, las piernas como almohadas, las espaldas como cojines, las caderas estriadas como un colchón.
?Todas me veían e inclinaban la cabeza de manera amigable al comentar mi figura. Contaban con los dedos y preguntaban si yo era adolescente. Yo no tenía grasa. Tenía que ser una niña. Se acercaron y comparamos los colores de piel. Parecían asombradas por mi cintura. La podían encerrar entre sus manos. Querían lavar mi pelo. Enjabonaron mi cara con ternura. Me tocaban y cotorreaban. La vieja llegó con dos cubetas y las volcó sobre mí. Estaba lista para irme pero las mujeres árabes me enviaron todo tipo de mensajes con sus ojos, sonrisas, pláticas. La vieja me llevó al tercer cuarto que era más fresco, me roció agua fría y luego me condujo de regreso al tocador?.

Agradecemos a nuestra lectora y amiga, Telma, que lo ha seleccionado especialmente para esta sección. Les dejo un besito.

 

 
Publicado por Silvia a las 05:04

Respuestas
15 Junio 2005 - 10:56
Enviar un emailAnna Bittarelli
quiero saber si la Agnes Merat de la traduccion es agnes Merat de Trois in France. Si es, ciao da Anna : ))))
15 Junio 2005 - 13:40
Enviar un emailSilvia Bonasi
Estimada amiga: Hasta donde sé, es la misma. Gracias por leernos. Un afectuoso saludo. silvia

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