Tiresias era un hombre al parecer algo huraño –como parecen ser todos los filósofos, psicólgos y pensadores contemporáneos–, que solía caminar mientras reflexionaba, en uno de sus paseos se encontró con dos serpientes que estaban en eso de disfrutar de mimos y arrumacos (como sea que uno se imagine que las serpientes griegas podían disfrutar), y a él no se le ocurrió mejor idea que apalear a la desprevenida pareja con su palo. Pero no porque le dieran miedo las serpientes, sino con la única intención de separarlas. Pareciera ser que Tiresias o era misógino, o era envidioso.
Como sea, la serpiente hembra murió y los dioses –que siempre vigilan estas actitudes de los humanos, prestos a reprimirlas con un merecido castigo–, lo convirtieron en mujer.
Desde ese día y durante siete años, la hermosa Tiresias se dedicó con ahínco y esmero a los placeres de la carne, aunque es de creer que no dejó sus hábitos de caminar y meditar, entre amante y amante.
De este modo, después de ese tiempo, volvió a encontrarse con una pareja de serpientes que se dedicaban a lo mismo que las anteriores, y la bella Tiresias (quizás recordando lo que le había pasado) sólo se limitó a separarlas, aunque sin apalearlas.
Pero, para su sorpresa, ocurrieron dos cosas: el macho, murió igual que antes había muerto la hembra y él volvió a recuperar su antigua condición de hombre.

Tiresias y Palas Atenea, Louis-Jean-François Lagrenée (1725-1805)
Dicen que, desde ese día, se volvió más sabio y prudente y hasta algunos dioses lo convocaban, para pedirle consejo sobre ciertos temas, especialmente en los temas del amor y de ciertos jueguitos eróticos, dado que había podido experimentar qué se sentía, de ambos lados. Y no porque fuera bi-norma.
Queda claro.