Friné era una hermosísima mujer, que fue amante del escultor griego Praxíteles quien la utilizó como modelo para todas las voluptuosas estatuas de Afrodita, la diosa del amor.

Estatua de mármol, copia de la original de Praxíteles
Afrodita de Cnidos, Münich, Glyptothek
Hay que recordar que entre los griegos la mujer –a excepción de las hetairas–, no gozaba de prestigio y era considerada casi un mal necesario para asegurar la continuidad de la familia. Comparar a una mujer con una diosa no era bien visto. Y fue ese el motivo por el cual se la acusó de impiedad, que no era poca cosa, ya que a juicio de los griegos y de acuerdo con sus creencias, era uno de los delitos más graves que se podían cometer. De modo que Friné fue detenida y llevada a juicio.
Por pedido del escultor, que se temía lo peor, fue Hispárides –uno de los más famosos oradores de Grecia–, quien debía defenderla ante el tribunal. Pero toda la retórica del prestigioso orador no logró convencer a los jueces ni influir en su ánimo. Friné estaba casi condenada cuando su defensor, como último recurso, hizo que la joven se desnudara ante los jueces, para demostrar que su belleza era tal que era digna de ser comparada con la de la diosa.

Cuando la joven se quitó el manto, en el recinto se hizo un silencio. Era tal la belleza de Friné, que después de una prueba tan contundente, los miembros del tribunal apenas si deliberaron.
Friné, absuelta por unanimidad, recuperó su libertad y volvió junto a su amante para seguir inspirando al escultor en su trabajo.