Como recompensa por los placeres que la bella Friné le dispensara durante todo el tiempo que pasaron juntos y por haber sido su modelo para las sensuales estatuas de Afrodita, Praxíteles, que estaba totalmente enamorado, le ofreció a la muchacha que escogiera, de entre todas sus obras, la que más le gustara.

Praxíteles y Friné, por Sir Lawrence Alma Tadema
Excelente y hábil amante, habituada a posar para el escultor, Friné en modo alguno tenía conocimientos de arte y menos aún de escultura, que no era un tema que despertara su interés.
De modo que como no sabía cuál escoger, se limitó a decir que aceptaba el presente y, en compensación, organizó un banquete en honor de su amante.
Una vez reunidos todos los comensales, lo invitó a acompañarla a su lado, lo que representaba un gran honor, dada su condición de ser la mujer más bella de Grecia, la única que había sido exculpada por los jueces por haber quedado demostrado que su belleza bien se podía comparar a la de una diosa.
Estaban los invitados comiendo y bebiendo cuando de pronto entró un esclavo de Praxíteles, agitado y a los gritos, dando aviso que el taller del escultor estaba en llamas.
Horrorizado, y lamentándose por la posible pérdida de su Cupido, Praxíteles abandonó el banquete, dispuesto a correr hacia la casa donde trabajaba cuando Friné le pidió precisamente esa obra, porque supo sin lugar a dudas que, a juicio del artista, era su mejor trabajo.
Y él, antes de salir para apagar el incendio, le concedió ese deseo. Porque el amor, señoras y señores, todo lo puede.