Hoy, la persona de Kinsey se ha transformado en centro de debate ideológico. ¿Hoy? ¿Ahora? ¿Después de medio siglo?
En 1997 se publicó una biografía de Kinsey, escrita por James H. Jones (citada anteriormente), que mencionaba la sexualidad algo “rarita” del buen señor. Pero hay que tener en cuenta que en este medio siglo la masturbación, la homosexualidad, el matrimonio abierto, el voyeurismo y hasta el incesto mismo, han pasado a ser temas de los que se habla abiertamente y no como antes, medio susurrados.

En 1998, el señor Bill Condon (¿curioso el apellido, verdad?), produjo un filme muy especial titulado “Dioses y Monstruos”, en el cual Kinsey fue interpretado por Liam Neeson (el protagonista de “La Lista Schindler”) y su esposa a cargo de la actriz Laura Linney.
Finalmente en el otoño del 2004, la novela de T. C. Boyle “El círculo íntimo” (The Inner Circle, que aún no fue traducida al castellano), se ocupa, mediante el relato de un ficticio ayudante, de los inicios de los trabajos de Kinsey en Indiana, cuando promediaba el siglo XX.

En ambas producciones se ponen de manifiesto las técnicas de trabajo empleadas para que la gente confiara, se confesara y no mostrara el menor prejuicio en sus relatos delante del estudioso del sexo.
Y aunque las entrevistas que realizó se llevaron a cabo con cautela y con todo el rigor científico que podía tener una disciplina aún virgen en experimentación, sus conclusiones aún no son dignas de tenerse en cuenta, aunque el equipo de trabajo que él lideraba llevaba un registro exhaustivo de las situaciones –que además se escribían en clave–, que revelaban intimidades que, para la época, parecían producto de la imaginación más febril. Porque, claro está, en lo que a sexualidad concierne, la imaginación humana aparenta no tener límites.
Aunque parezca irreal, la película de Condon fue duramente tratada por la crítica. Una célebre comentarista de la TV estadounidense, que además es doctora, convocó a la audiencia para realizar un boicot nacional, para que nadie viera en cine ni rentara en video la película. Por cierto, fracasó en el intento.
A Kinsey se le atribuyen culpas de lo más variadas: ser el detonador de la revolución sexual de los ´60 (algo de cierto hay); ser el responsable del aumento del SIDA en el planeta (no existe el menor asidero para asegurarlo); ser causante del abuso sexual en niños (no me explico cómo pudo haberlo sido) y hasta ser cómplice en el negocio de la pornografía.
Como sea, la película ha desatado una ola de controversia en Latinoamérica y en Europa, donde aún resuenan las condenas del agonizante morador del Vaticano, Juan Pablo II, contra el uso del preservativo. Porque en opinión de la Iglesia Católica Apostólica y Romana, “... la práctica correcta de la sexualidad supone castidad y fidelidad” [SIC].
Lo que Condon plantea, en síntesis, es que el instinto sexual pasa por el placer en vez de por la reproducción, y esto es válido para la mayor parte de los seres humanos. Más bien la reproducción pareciera ser consecuencia del placer y no a la inversa.
Este simple planteamiento provocó una polémica como pocas, desde que terminara –hace ya sesenta años–, la Segunda Guerra Mundial.
Alfred C. Kinsey, que nació en Hoboken, New Jersey en 1894, estudió en Harvard, fue contratado como profesor de zoología en Bloomington, Indiana, y allí todo lo que enseñaba era una materia llamada Higiene, tan puritana como su nombre lo indica. Y fue allí donde comenzó a escuchar, en sus cursos, preguntas non sanctas.
Se limitó a proponer a los integrantes de los cursos y a todos aquellos que se hacían preguntas, a un nivel de franqueza extrema, y por las dudas, limitó la concurrencia a las parejas de estudiantes casadas o próximas a estarlo.
Corrían los turbulentos años de la década de los ´30, y los mitos y los falsos temores respecto de las consecuencias de innovar en el sexo –aún con sus parejas legítimas–, aún era considerado un tabú.
Lo sorprendente es que aún hoy, después de 80 años, aún lo siga siendo.