Recordemos que para los hombres de la Grecia Clásica, sin diferencia de edad, condición o actividad, la mujer no era, precisamente, bien considerada.
De tal manera, parece ser que para el criterio de Aristóteles, la actitud de la mujer frente al sexo, que se consideraba como “incontinencia sexual”, no era más que una consecuencia de su debilidad mental.
En opinión del gran Platón, esa incontinencia sexual era producto de los peculiares movimientos de su útero, que se desplazaba por el cuerpo hasta que conseguía que la mujer diera satisfacción a su natural deseo de engendrar.
Muchos de los sabios griegos, creían a pie juntillas que la mujer tenía una naturaleza húmeda, por lo que su anhelo de sexo, obedecía a la necesidad de obtener la humedad que el hombre, con sus fluidos –su propia lubricación y el semen–, naturales.

Galeno, aunque se lo considera padre de la medicina, no le iba a la zaga en lo que a estas creencias respecta, y opinaba –haciendo gala de un desprecio atroz–, que luego del coito, todos quedaban envueltos en una sensación de tristeza o melancolía, a excepción de las mujeres y los gallos.
Y era Hipócrates quien más desdeñaba a la mujer, ya que opinaba públicamente y lo repetía a todo aquél que quisiera escucharlo, que el auténtico progenitor, el padre, es el varón, puesto que es su semilla –el semen–, la que engendra al nuevo ser y la mujer sólo se limitaba a ser un simple recipiente dotado de una función útil, como lo es acoger al feto y mantenerlo hasta el momento del alumbramiento.
¿Qué hubiera sido de esos grandes del pensamiento de haber existido entonces un movimiento feminista?