El amor que Praxíteles demostraba abiertamente por Friné, su modelo y amante no era ni común ni estaba bien visto en la Grecia Clásica.
A tal punto que Antifanes ?erudito y dramaturgo?, llegó a afirmar que había dos cosas que el hombre no podía ocultar: que estaba borracho, y que se había enamorado.

Praxíteles y Friné, óleo de Jean-Leon Gerome (Pigmalion & Galatea)
Que se emborrachara, vaya y pase, era tolerable. Pero que se enamorase... ¿de una mujer?
Uno se podía prendar de un efebo o podía perder la cabeza por una hetaira, pero jamás de los jamases por una simple y vulgar mu-jer. No, no. De ningún modo.
En opinión del maestro, si un hombre estaba en su sano juicio y en el uso pleno de sus facultades físicas y mentales, de ninguna manera podía enamorarse. Y menos aún, cometer el tremendo error de contraer matrimonio.
Esto lo decía a viva voz, en lugares públicos, y a todos aquellos que pudieran escucharlo, puesto que estaba totalmente convencido de lo que afirmaba.
Tanto es así que cuando le comunicaron que uno de sus mejores amigos había decidido casarse, Antífanes se quedó de una pieza.
Espantado, y tartamudeando, sin poder creer lo que le decían, sólo atinó a contestar: ?¡Y yo que creía que era un hombre sano e inteligente!