El acto de bañarse, en Oriente, está estrechamente ligado a la religión islámica. Los recintos propiamente dichos estaban caldeados en exceso, y el vapor caliente, los perfumes y esencias que se utilizaban en otras actividades, los hacían sofocantes para quienes no estuvieran habituados.
La representación que del cuerpo femenino hicieron los pintores occidentales, depilado ?incluido el pubis?, no pasa de ser una mera convención moral en la plástica, puesto que no hay conocimiento de esas prácticas en el mundo de Medio Oriente. De hecho, los hombres no podían entrar en el recinto de las mujeres, de modo que la curiosidad que despertaban estos lugares sólo fue aplacada por el relato que hiciera la ya mencionada Lady Montagu, esposa del embajador británico.

?Los sofás están cubiertos por telas y ricos tapices, donde las mujeres toman asiento; detrás de ellas, permanecen las esclavas quienes, sin distinción del rango que marcan las costumbres, también se muestran al natural, que es lo mismo que decir ?para hablar con toda franqueza?, que estaban totalmente desnudas, sin importarles que quedaran expuestas sus partes íntimas o las imperfecciones del cuerpo?.
Tal como se muestran en las obras de Ingres, Jean-Leon Gérôme o Bouchard, esos ambientes no eran los recintos de la licencia y la impudicia con que fantaseaba la imaginación del occidental. Del modo como fueron retratadas, más bien debían ser simplemente lugares donde se podía ver a las mujeres desnudas, preparando el café, sorbiendo alguna bebida, o simplemente conversando, tendidas casi con negligencia en los sillones y en las otomanas, mientras otras se dedicaban a las actividades propias del lugar como podían ser, por ejemplo, hacerse dar un masaje.

Las actividades en los baños turcos, sin dejar de estar cargadas de una alta dosis de sensualidad, se contraponen a la actitud casi impúdica de las odaliscas, otro aspecto de la vida que fascinó a los occidentales en el mundo islámico.