Releyendo el texto de un libro de sexología de los Buenos Viejos Tiempos –es mi forma de llamar a los años sesenta–, encontré el relato de una joven, cuyo título podría resumirse así: “La que no podía decir que no”.
El psiquiatra que relata la historia de Natalia, cuenta que llegó a su consultorio desesperada y lo primero que dijo fue:
“Por favor, ayúdeme a decir no”
Había tenido relaciones con varios hombres –además de su esposo–, entre los que se contaban su suegro y su cuñado (padre y hermano de su marido respectivamente), y luego de dar algunos rodeos le confesó abiertamente que su deseo más oculto era darle a su propio padre “lo que merecía”.
A Natalia, prácticamente, la habían convertido en una ninfómana, y su propósito en la vida consistía “en regar amor por doquier”. El problema estaba en su propio padre, claro.
La madre de Natalia había sido recluida en una institución psiquiátrica, y su padre se había hecho cargo de ella. Durante toda la adolescencia, la joven había fantaseado con su padre y el día que cumplía veintiún años, cuando aún era virgen y no tenía relación con ningún hombre, a la edad en que todas sus amigas o se habían casado y tenían a su marido, o se las apañaban para tener un amante.
Natalia, para sentirse mujer, sólo tenía a su padre. Y esa mañana de su cumpleaños, el había entrado en su cuarto mientras ella aún dormía, le había puesto un brazalete en el brazo, como regalo de cumpleaños y cuando ella se lo agradeció, con un abrazo y un beso, él le susurró que tenía un presente aún mejor.
Entonces su padre la besó y había comenzado con caricias más osadas, aprovechando que su hija aún estaba vestida sólo con su camisón.

“Y yo me negué –le contó Natalia a su psiquiatra–. No sé porqué. Él era tan bueno, tan dulce y tan generoso. Y esa vez, cuando él me pidió algo, yo me negué. ¿Ve porqué siento culpa? Yo podía haber hecho que mi padre gozara del amor, del sexo del que carecía, y yo se lo negué”.
Pasados algunos años Natalia conoció a un hombre y se casó con él. Luego, su padre enfermó y con el paso del tiempo, la senilidad hizo estragos en él, por lo que debía cuidarlo continuamente, sin atreverse a dejarlo solo. Las relaciones con su marido comenzaron a deteriorarse y su pareja empezó a mostrar los síntomas del deterioro que lleva a la disolución. Y es que consciente o inconscientemente, y por ese sentimiento de culpa, la joven dedicaba la mayor parte del tiempo a su padre, descuidaba a su marido y –lo que era peor aún–, lo engañaba con cualquier hombre, incluidos su propio suegro y cuñado. Esa culpa era la que le impedía decir “No” a cualquier hombre que la reclamara sexualmente.
Al punto que cuando llegó el momento de pagar el tercer mes de sesiones, al no haberlas pagado y ante el reclamo del psiquiatra, ella le explicó que era muy propensa a perder el dinero y que no le quedaba ni un centavo, pero que podía pagarle de otra forma.
“De qué otra forma”, le preguntó el psiquiatra.
“En la forma que usted quiera... como lo desee”, le contestó ella, haciendo un despliegue de sensualidad inusual, y acto seguido se levantó la falda, debajo de la que no tenía absolutamente nada.
El psiquiatra le respondió que no estaba dispuesto a aceptar ese tipo de compensación, y que además esas actitudes afectaban la relación terapéutica entre el profesional y el paciente.
“Otros médicos lo hacen –respondió ella. Cuando llevo a mi padre al médico, siempre pago de esta forma”.
Pero el psiquiatra se mantuvo firme y no se dejó impresionar.
Natalia recogió sus cosas y se marchó.
Nunca más volvió a verla.
La lectura de este caso me lleva a decirme que no hay nada nuevo bajo el sol.