Colección Voyeur

Martes 05 de Abril de 2005
Los años ´60: La Revolución Sexual V

En aquellos tiempos de la década de los sesenta, eran muchas las mujeres que consideraban impropio insinuarse, es decir, tomar la iniciativa para tener relaciones sexuales con sus maridos y muchas más las que ni se imaginaban iniciarlas con un extraño.
La razón más común era el temor de que si expresaban sus deseos de tener sexo abiertamente, podían ser tomadas como “señoras ligeras de cascos”. El orgullo y la verdadera timidez, también eran razones de peso.
Naturalmente que, detrás de esas causas también estaba el temor al rechazo.
Y es que por esos tiempos el rechazo era una posibilidad muy real, puesto que la mayoría de los hombres tenían más orgullo que seguridad por su propia masculinidad, y consideraban que si la mujer daba el primer paso, estaba usurpando una prerrogativa del hombre. Por lo tanto, que la mujer se insinuara era, en la mayoría de los casos, casi ofensivo y podía llegar a terminar con el matrimonio.
Las razones de la abstención sexual del hombre –a excepción de la homosexualidad y de la sensación de competencia–, tenían que ver con las preocupaciones, el cansancio, el temor al embarazo, la infidelidad o sencillamente la falta de comprensión por la necesidad sexual de la mujer.

“En estas y otras situaciones similares, las demostraciones de la esposa, de sus deseos, puede que sean la medicina que el hombre necesita –escribía, por aquel entonces, el doctor Hugo G. Beigel–. En realidad, ciertas personalidades masculinas ansían una conducta sexual activa por parte de sus esposas. Pasivos por naturaleza, no pueden ser los agresores sin una considerable pérdida del placer. En los matrimonios de esta clase, es la esposa quien debe dar el primer paso”.
El mencionado médico también ahondaba en las razones por las que un hombre podía cohibirse: haber sido rechazado una o dos veces o las quejas de su esposa por la forma que el hombre tenía de requerirla. Estas actitudes producían, en muchos maridos, una seria vacilación de la confianza, que se traducía en una actitud de “no volver a molestarla”. Y ante esto, recomendaba: “Es entonces, definitivamente, cuando la esposa tiene que dar ese primer paso y más aún, si sabe que su anterior apatía sexual fue la causa de la situación”.
El famoso “salí, queme duele la cabeza”, ha hecho naufragar miles de matrimonios antes de la revolución sexual de los ´60, muchos más después y, lo más curioso: aún sigue siendo un problema serio en nuestro tiempo.
Y aunque parezca increíble, la frustración del hombre derivada de la actitud renuente de la mujer ante la proposición de ciertos juegos sexuales especiales, porque “las señoras no hacen ciertas cosas”, hizo estragos en su tiempo y los sigue haciendo en nuestros días.
“Si bien en muchos aspectos, la esposa debe recordar que lo es –sintetiza en su artículo el Dr. Beigel–, en otros debe olvidarlo y portarse como si fuera una amante”.
Personalmente, no sé qué nombre le darían en aquella época a la actitud de ser renuente, retacear los gestos de amor o seducir para después negarse. Hoy, se ha reducido a una sola expresión: histeriqueo.
Y parece que es contagioso, porque ya no es exclusivo de la mujer. Los hombres, también lo hacen.

 
Publicado por Silvia a las 05:00

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