Creo que es importante revisar detenidamente los más importantes mitos que durante decenios han condicionado la vida de miles de matrimonios y, aunque parezca de fábula, siguen influenciando negativamente en las relaciones sexuales y emocionales de la pareja.
Uno de los primeros y más arraigados mitos es el que podríamos definir de esta manera: “Igual que el orgasmo del hombre, el de la mujer es algo universal en la naturaleza, y se lo encuentra en todos los animales y también en las sociedades primitivas. Sólo en la moderna civilización occidental, con las presiones y neurosis ocasionadas por la vida actual, ha inhibido esta capacidad de experimentarlo en muchas mujeres”.
Este mito lo es de un extremo al otro y en toda la forma. En primer lugar, el orgasmo de la mujer no debería compararse con el del hombre, puesto que son a todas luces seres humanos diferentes.
El orgasmo para la mujer está muy lejos de ser considerado como universal tanto en los antecedentes biológicos cuanto en la historia. Por lo demás, tampoco se debería tener en cuenta el que haya estado o no en las sociedades primitivas, dado que en nuestro mundo actual puede hacerse una subdivisión entre sociedades avanzadas tecnológicamente o primitivas, con menos recursos de la ciencia y la tecnología a su alcance.
No es fácil asegurar hasta qué punto el orgasmo femenino es tan natural, como lo pretende el mito, puesto que aún en nuestros días aún no termina de comprenderse claramente cómo evolucionó.

Por lo que a la biología compete, en todas las especies similares al hombre, sólo el macho puede lograr cierta continuidad en el orgasmo. Se ha observado que entre las hembras mamíferas, más que una regla, el orgasmo parece ser la excepción.
Testimonios del Kama Sutra dan indicios que el orgasmo femenino era bien conocido por lo menos en ciertos lugares de la India hace, por lo menos, tres mil años. Pero no es menos cierto que hay sociedades que rechazan hasta la posibilidad de existencia del orgasmo femenino, ya no su pleno disfrute. En el mundo victoriano –y estamos hablando de una sociedad occidental e industrializada–, la mujer que quisiera o pudiera disfrutar del orgasmo, era considerada una desviada, enferma o ligera de cascos, vamos.
Fue la eminente antropóloga Margaret Mead, quien encontró las primeras actitudes “victorianas”, que también podrían ser consideradas como de puritanismo extremo en algunas tribus primitivas del siglo veinte. En opinión de la reconocida científica, “El orgasmo es algo en potencia, que puede desarrollarse o no en una cultura dada”.
Y esperad al ver el que sigue, que es de no creer. ¿Cuántas mujeres habrán heredado y, en su momento, dado en herencia, creencias falaces como ésta, me pregunto yo?
Besos, besos y besos.