Como si el espectáculo que se brindaba a las masas en el Coliseo, en el Circo Máximo o en los similares de provincias no fuera ya de por sí terrorífico, con su exceso de carreras, luchas de gladiadores, sangre y muerte no fuera ya de por sí suficiente, en Roma el sexo explícito adquiría en los espectáculos circenses un nivel repugnante.
Tan cierto es esto, que uno de las atracciones que más excitación provocaban a la muchedumbre, era el momento del bestialismo.
Esta función consistía en que diferentes animales, especialmente entrenados ?toros, cebras, leopardos, tigres, monos y hasta cebras?, copularan con las mujeres que eran enviadas a la arena. Por cierto, esta práctica se acrecentó con la aparición del cristianismo, y cientos de mujeres eran condenadas, así, a tener que soportar que uno de estos animales la penetrara y, llegado el caso, la destrozara a dentelladas o zarpazos.
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Va de suyo que no existían voluntarias que se prestaran para que una pantera se le montara encima, de modo que la mayoría se negaba y prefería la muerte a pasar por semejante tortura.
Pero entonces los domadores sometían a las mujeres, las inmovilizaban e inducían a las bestias para que, antes de matarlas, las violaran.
La multitud, mientras tanto, rugía y vitoreaba al César , que le brindaba ?pagándolo con los fondos públicos?, semejante espectáculo. Lo sorprendente era que, entre todos los espectadores, las mujeres eran las que más entusiasmo ponían.