Desde el siglo II antes de Cristo, inspiradas de las célebres fiestas Dionisíacas de la Grecia Clásica, existían en roma las Bacanales, ceremonias en honor a Baco –dios del vino–, en el que la población –especialmente las mujeres–, se permitían las licencias sexuales más disipadas, y daban rienda suelta a una sexualidad que, en Roma y por lo menos en la costumbre, estaba totalmente prohibido.
Las fiestas báquicas –como se las llamaba–, comenzaron bajo la forma de banquetes interminables, donde se bebía vino en cantidades generosas y que finalizaban en una escalada de sexo grupal que llegaba al nivel de orgía desenfrenada
Con frecuencia esta escalada de comida, alcohol y sexo, terminaba mal porque el libertinaje se continuaba con la violencia y, por fuerza, esta práctica se desbocaba hasta el punto de provocar la muerte.

En los primeros tiempos, los que iniciados que asistían por primera vez a las Bacanales, eran seducidos y, si se negaban, sometidos por la fuerza primero y ejecutados sin más trámite si se les cruzaba por la cabeza negarse a procurarles los caprichos sexuales más perversos a los poderosos acosadores, por lo general miembros de la alta sociedad.
A tal punto de corrupción se llegó que esta fiesta –una de las más populares en Roma–, fue prohibida por el Senado en el año 186 después de Cristo, cuando se debió detener a más de siete mil ciudadanos acusados de cometer los abusos más escandalosos
Imagino que no debió faltar el comentario jocoso, de alguien que se quejaba porque las fiestas, ya no eran las de antes y en Roma el pueblo, ya ni divertirse podía.