Colección Voyeur

Martes 19 de Abril de 2005
El clítoris: Un simple filtro de aire

Henry de Mondeville fue el cirujano real durante fin del siglo XIII y principios del siguiente, y su opinión era muy reputada, especialmente porque este matasanos tuvo mucha influencia directa con el rey de Francia, Felipe I y con su sucesor, Luis X.
Hasta nuestros días han llegado miniaturas, dibujos, grabados y escritos de la época, que se conservan en la que fuera conocida como la facultad de Montpellier y gracias a esos documentos históricos es que nos enteramos que a principios del siglo XIV, el tal Mondeville, no sabemos si por pedido del rey o por iniciativa propia, se puso a opinar acerca del clítoris de la mujer, luego de haberlo examinado con detenimiento. Nos preguntamos con cuánto detenimiento y en qué circunstancias se despertó la curiosidad del buen doctor, que vio en el clítoris la extremidad de la uretra y sin vacilar, realizó una comparación entre el capuchón de piel que suele protegerlo con la campanilla que tenemos en la garganta y que, según el mencionado facultativo, modifica el aire que entra en nuestros pulmones.

Como sea, tan suelto de cuerpo y con una seguridad rayana en el frenesí, Mondeville se manifestó en el sentido que el clítoris era una suerte de filtro que seleccionaba los olores y el aire que teóricamente debían subir por los conductos que, sin duda alguna, partían del mencionado orificio uretral.
Esta opinión, avalada por su condición de cirujano real, no hizo más que afianzar la creencia que se tenía en el medioevo, que la mujer tenía poderes especiales para captar y absorber las exhalaciones de la tierra. Por la misma época San Alberto Magno –que no era médico pero creía que se las sabía todas, especialmente en lo referente a las mujeres–, había citado con toda seriedad el caso de una mujer que se había confesado con él.
En la confesión, la mujer le había implorado el perdón por el pecado mortal que sabía que para ella  significaba el procurarse placer con la acción del viento , para lo cual en los días ventosos se limitaba a levantarse las faldas, tenderse en contra del viento y abrir las piernas... con lo que seguramente tendría uno o varios orgasmos, si es que en esa época se tenía conciencia de qué significaba tal cosa, claro.

No podemos dejar que maravillarnos al pensar que creencias como éstas constituyeron peldaños en la interminable escalera del conocimiento humano. El medioevo era pródigo en tales supercherías, como la que aseguraba que si se plantaban en estiércol pelos del pubis de una mujer que estuviese menstruando, gracias al calor del sol se engendraría una enorme serpiente, símbolo del pecado para los católicos.
En sí, la creencia no habría tenido mayor trascendencia y no hubiera pasado de ser un embuste, de no haber aparecido una institución como el Santo Oficio de la Inquisición que, ante acusaciones de tales prácticas, no tenía el menor reparo de mandar al acusado a la hoguera sin más trámite.

 
Publicado por Simon a las 05:00

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