Colección Voyeur

Jueves 21 de Abril de 2005
Legislando el tamaño

Sólo de imaginar la época, uno puede colegir que en el medioevo y especialmente en España, un legislador podía anular un matrimonio rápidamente, a partir de la declaración del marido que no había podido consumarlo por culpa de la mujer.
¿Cuáles podían ser las causas de la mujer? Básicamente dos: ser frígida o ser estrecha. Claro que quien calificaba la frigidez o la estrechez de la mujer, era el marido, y colegimos que no siempre las razones de pedir la anulación del matrimonio tendrían que ver con lo indiferente que pudiere resultar la dama denunciada, o lo cerrada que tuviese su cave d´amor. De modo que todo era bastante simple: el marido se quejaba y a otra cosa, mariposa. El Matrimonio, quedaba anulado en el acto.
Ahora bien, ¿qué ocurría si en la vida de la mujer se cruzaba algún otro hombre que no hiciera caso de las habladurías y se casaba con ella?

Pues bien, si tal cosa ocurría, y el marido anterior se enteraba y lo denunciaba, el legislador volvía a desunir el matrimonio –esta vez el segundo–, y vuelta a casarse con el primer marido. Menudo embrollo.
Y efectivamente las situaciones pintaban caóticas, por los errores judiciales y las suspicacias que podían despertarse, hasta que el rey de Castilla y León , Alfonso X llamado El Sabio, zanjó la situación de manera legal, legislando en su famoso código Las Partidas, un apartado para tales situaciones.
Es interesante ver de qué manera este respetado rey español colocó cada cosa en su lugar y cómo se puso orden en tan controvertido asunto, a partir del examen a que debían someterse los dos varones implicados en la disputa.

El siguiente es un párrafo del texto que aparece en Las Partidas: “Se deberá mirar si son semejantes o iguales aquellos miembros que son menester para engendrar; y si se comprobare que el primer marido no lo tiene mucho mayor que el segundo, entonces la deben tomar al primero; pero si se entendiere que el primer marido tuviera un miembro tan grande que de ninguna manera pudiere conocerla carnalmente, sin gran peligro para ella, aunque se hubiere quedado con él, no la deben separar de su segundo marido porque parece claro que el obstáculo que habría entre ella y su primer marido, duraría para siempre”.
Resulta curioso comprobar que, en base a lo leído, podemos inferir que por aquellos tiempos también había mujeres que no se dejaban engañar por el tamaño, y creían en el refrán popular que decía que era mejor tenerla chiquita y cariñosa y no grande y prepotente .

 
Publicado por Simon a las 05:02

Respuestas
21 Abril 2005 - 15:27
Enviar un emaileros
Como siempre, alucino con tus hechos e historias... Una fuente inagotable de sabiduría erótica. bravo!
21 Abril 2005 - 16:42
Enviar un emailSimon Paterson
Gracias, Eros, por tus elogios. No ha de ser para tanto. Afectuosamente, Simón.

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